Hoy he estado sola en casa. Tengo toda la semana libre, es lo que tienen los años, elegir la primera las vacaciones navideñas. Es curioso cómo cambia la casa cuando los demás se van y una se queda sola desde primera hora. No hay prisa, no hay ruido, no hay nadie esperando nada de ti. He hecho las cosas despacio, casi con ceremonia: ordenar un poco, ducharme sin mirar el reloj, prepararme algo sencillo para desayunar.
Después me he quedado en el sofá. La manta seguía allí, desplegada desde hace días, como si nadie hubiera decidido guardarla del todo. Me he tapado con ella. Hacía calor, pero no me he destapado. He puesto una serie que no exige atención constante, de esas que permiten perderse un rato sin culpa. Un crimen, un sospechoso muy sospechoso que al final no será culpable, y un culpable que lo será solo al final gracias a un efectista giro que desvelará toda la verdad. No la he terminado, pero apuesto a que será así. La he quitado a mitad del segundo capítulo.
No sé muy bien cómo explicarlo. Tal vez ha sido la mezcla del silencio, el calor, la penumbra del salón que dan las persianas casi bajadas a media mañana. El cuerpo, cuando se le deja, recuerda cosas que una no siempre atiende. He cerrado los ojos un rato. He sentido una concentración rara, intensa, como si todo se recogiera en un punto muy concreto. No ha sido solo placer, aunque también. Ha sido algo más amplio, más hondo. Una sensación de volver a estar dentro de mí misma, de habitar un cuerpo que a veces trato como un instrumento y no como un lugar.
Cuando he abierto los ojos, la manta estaba húmeda y no he tenido ningún impulso de moverla. Me he quedado así unos minutos más, respirando hondo, con una calma que hacía tiempo que no sentía. He pensado que quizá eso también sea cuidarse. No solo cumplir, no solo aguantar, no solo organizar.
Más tarde ha llegado mi hija. Hemos hablado de una tontería, una de esas conversaciones que no deberían dejar huella: algo sobre una tienda que acaban de abrir, o sobre no sé qué detalle sin importancia, ni siquiera lo recuerdo. La conversación, sin tener por qué, ha subido de tono. En un momento dado, casi sin transición, me ha dicho que a veces parezco un cliché. Una señora acomodada, un poco pija, siempre pendiente de cosas superficiales. Que no tengo nada que ver con lo que era cuando era más joven, o con lo que yo digo que era.
No lo ha dicho gritando. Ni siquiera con rabia. Lo ha dicho rápido, como quien lanza una idea brillante y sigue adelante. Yo me he quedado quieta un segundo. He notado cómo algo se cerraba por dentro, como una puerta que no hace ruido al encajarse. Le he contestado algo breve, sin darle demasiada importancia. Al menos en apariencia.
Luego se ha ido a su cuarto. No suele reaccionar así, tal vez le haya pasado algo que no tiene que ver conmigo, y al llegar a casa ha necesitado volcar ese ataque tan innecesario. No lo sé, pero, si es así, tampoco debería justificarla. La casa ha vuelto a quedarse en silencio, pero ya no era el mismo silencio de antes. He recogido la manta del sofá, cuya humedad anterior ya no he percibido, y la he doblado con más cuidado del necesario.
No sé si lo que más me ha dolido ha sido la frase en sí o reconocer que, en algún lugar incómodo, conecta con una duda que arrastro desde hace tiempo. Me pregunto si ella sabe quién fui, y si yo misma lo sé todavía.
Esta noche saldrá a esa fiesta estúpida de las preuvas del día treinta. Una nueva moda. ¿Puede ser estúpida una fiesta? ¿Pueden ponerse juntos esos dos conceptos? Mañana será otra cosa. Nochevieja, la casa llena de planes ajenos, de prisas, de ropa preparada sobre la cama. Ellos saldrán, como corresponde, y yo me quedaré aquí, con el ruido lejano de las celebraciones que no necesito. Hoy no. Hoy todavía es martes, un día sin épica, un día de tránsito. Y quizá por eso ha sido posible este paréntesis, este recordatorio silencioso e íntimo de que sigo estando, incluso, o sobretodo, cuando nadie me mira.