Hija 28/12/2025

He pasado buena parte del día en mi habitación, con la puerta entornada. Aquí dentro el tiempo pasa de otra manera, con mis libros, mi música, que no solo son míos, sino que siento que una parte de mi, de mi carnalidad, está fabricada con esas páginas y esos sonidos. En casa hay una calma espesa, como si todos estuviéramos esperando algo sin saber muy bien qué. Tal vez sea esa leve tensión con la que convivimos la que consigue que nos retiremos a nuestros rincones y busquemos la persona que queremos, o nos gustaría, ser, como si esa tensión familiar fuese un recurso evolutivo que consigue que reaccionemos. Después de Navidad queda además una especie de resaca sin dolor, una sensación de repetición.

He seguido pensando en mi familia. No desde el conflicto, sino desde la forma. La forma de la familia. Padre, madre, hijo, hija. Ninguna grieta visible. Profesiones respetables. Todos tenemos estudios superiores. Salud, fundamental, a una edad en la que algunas madres y algunos padres van despreocupados a la revisión médica de su trabajo y en unas semanas están pidiendo cita con el oncólogo. Una casa con calefacción, comida en la nevera, un coche en el garaje. No recuerdo haber pasado miedo de verdad nunca. Ni hambre, ni frío, ni me ha corroído la envidia al ver los objetos que poseen mis vecinos. Me pregunto si eso también deja marca, crecer sin urgencias. Seguro que sí.

No lo digo con reproche. Sé que es una suerte. Lo sé racionalmente, y aun así hay días en los que esa normalidad pesa. Como si todo estuviera ya decidido antes de empezar. Como si el margen de error fuera pequeño, no porque alguien lo vigile, sino porque no sabría explicarle a nadie por qué querría salirme del camino. Me da miedo convertirme en alguien que solo puede justificar su vida con frases razonables. Alguien absolutamente insignificante.

He pensado también en mi hermano. En cómo, sin hacer ruido, parece haberse quedado un poco al margen de ese éxito ordenado que la familia representa. No es un fracaso, pero tampoco encaja del todo en el relato. A veces creo que eso le coloca en un lugar incómodo; otras, que le da una libertad que el resto no tenemos. Me intriga pensar que, precisamente por no cumplir las expectativas, tenga abiertas posibilidades que yo ni siquiera considero.

He estado mirando fotos antiguas en el móvil. No de cuando era pequeña, sino de hace tres o cuatro años. No parece tanto tiempo, pero me reconozco menos de lo que esperaba. Hay algo en la forma en que miro a la cámara que ya no está. No es tristeza. Es más bien una especie de ingenuidad confiada. Como si entonces creyera que las cosas importantes iban a llegar solas, sin que hubiera que forzarlas. Esto último es evidentemente una frase hecha, un lugar común, pero, ¿es por eso menos cierto?

Mis padres están bien. Eso también lo sé. Los veo funcionar, repartirse el día, las tareas, los silencios. A veces pienso que son una pareja muy convencional, y otras veces me doy cuenta de que esa palabra no explica nada. Convencional no significa fácil. Significa duradero, sujeto al mundo por un acuerdo. Hay diferencia. Me pregunto si yo sabría sostener algo así durante tantos años sin aburrirme, o si el aburrimiento es precisamente parte del trato y nadie te lo dice.

He salido un rato a la terraza. Hacía frío, pero me apetecía. Desde aquí se ve siempre la misma secuencia de ventanas encendidas. Vidas que continúan sin saber nada unas de otras. Me he preguntado cuántas historias cabrían realmente en un edificio como este, cuántas versiones distintas de una vida “normal”. Supongo que muchas más de las que imaginamos. Casi todas, creo. Si todas publicasen sus diarios tendríamos un libro titulado Historia de la Humanidad.

Esta noche no tengo que estudiar. Mañana tampoco. Eso debería darme tranquilidad, pero a veces el tiempo libre me inquieta más que las obligaciones. Cuando no hay nada urgente, aparecen preguntas que durante el curso se quedan en pausa. Qué quiero hacer, qué no quiero repetir, qué cosas aceptaré por comodidad. Me gustaría decir que no me preocupa, pero no sería verdad.

He bajado a cenar tarde. Todo estaba ya recogido. He comido algo rápido, sin hambre. Mi padre leía, mi madre miraba el móvil. Mi hermano estaba en su cuarto, supongo. He pensado que esta escena podría repetirse dentro de diez años casi igual, con pequeñas variaciones. Yo no sé si estaré aquí entonces. El plan es que no, pero el mundo cambia todos los días.

He vuelto a mi cuarto y he cerrado la puerta. Me he tumbado en la cama sin música, sin pantalla. Solo el ruido lejano de la casa. Un buen sonido para esto, para encender el portátil y escribir. A veces pienso que escribir es una forma de comprobar que existo fuera de lo que se espera de mí. No para cambiar nada todavía. Solo para dejar constancia. Como una nota al margen de una vida que, por ahora, funciona demasiado bien.

Etiquetas