He vuelto a mirar Novo Nordisk. No debería hacerlo tan a menudo. Cuando una acción baja no necesita que la vigilen; necesita tiempo. Pero hay algo casi hipnótico en ver cómo un gráfico decide por ti si has sido listo o ingenuo. Además, una cosa curiosa es que acabas viendo el mundo a través de tu dinero. Me inquieta mucho esa convicción: ver el mundo a través de tu dinero. No creo que se pueda decir eso y pretender pasar por un tipo de izquierdas, algo tendré que revisar así. Pero no puedo negar las cosas. Por otra parte, ser de izquierdas ahora no es difícil, no son necesarias grandes convicciones y, desde luego, no es necesario ser pobre. Eso va también con el progreso de España, tenemos cabida muchos en las izquierdas. Para ser de izquierdas, lo más importante es hablar mal de los otros. Lo mismo pasa al revés. Además, los funcionarios, como creo que ya he dicho antes, nos dedicamos a conservar, somos conservadores profesionales. Pero, desde luego, creo que, matices aparte, la izquierda, sea lo que sea, es mejor. Tenemos la razón ética, aunque algunos nos acerquemos a esta razón desde la hipocresía. Y mi hipocresía, como digo, es esa noción potente de ver el mundo a través de mi dinero. Por ejemplo, estos días se ha hablado mucho de que, después de lo de Venezuela, Trump quiere conquistar Groenlandia. Groenlandia es danesa, como Novo Nordisk, y, ¿qué sucede entonces?, que mi gran pregunta sobre este conflicto no tiene que ver con la soberanía nacional, ni con el declive de la vieja Europa, ni con cosas así, sino que se resume así; ¿cómo afecta este asunto a la gran empresa danesa Novo Nordisk, en la que recientemente invertí veinte mil euros? Eso es lo importante en esta parte del universo que es mi cerebro. Es así, y punto. Si mis allegados lo supiesen, después del discursito que vengo vertiendo durante años, tendrían derecho a lapidarme.
He pensado en vender, pero eso siempre da vértigo. Es aceptar una derrota, reconocer que te has equivocado. Y esperar siempre me ha parecido una virtud masculina, aunque no sé muy bien por qué. En mi intimidad, los temas de la masculinidad sería también algo a revisar.
En la cena he mencionado, como quien no quiere la cosa, que el mercado está raro. ¿Qué mercado? Ha dicho mi hijo. La bolsa, he respondido. Estábamos hablado de la inteligencia artificial, y de lo que eso podría suponer para muchos puestos de trabajo. Un lugar común de las conversaciones en los últimos tiempos. Hablar por hablar, porque nadie sabe nada. No lo he dicho como si yo fuera un inversor, claro, sino como un síntoma de que algo raro hay en el ambiente. Me queman las palabras en la garganta, porque lo cierto es que, poco a poco, he ido adquiriendo un lenguaje técnico que vive dentro de mí, compactado, al que le gustaría convertirse en sonido, pasar por las cuerdas vocales, liberarse. Mi mujer ha asentido sin mucho interés. Ha dicho que en su oficina también todo el mundo anda nervioso, que en esto del marketing la IA puede hacer estragos. Tampoco ha dado detalles, ni yo he preguntado más. Mi hijo ha dicho que en su almacén IA hay poca.
He pensado otra vez en mi padre. Él medía el riesgo en horas de trabajo, en esfuerzo. Yo lo mido en porcentajes. He progresado, diría, pero no se si en honestidad. He aprendido a no pensar en lo que hay detrás de una subida del tres por ciento.