Madre 6/02/2026

He hecho algo que dije que no haría. He buscado su nombre en internet.

Una entrevista antigua en un medio económico, algunas fotos en las que aparece más joven, una mención a una conferencia. Nada comprometedor. Nada que no estuviera ya expuesto. Pero el gesto no era inocente.

Quería comprobar si esa impresión que tengo es compartida. Si eso que parece una atención especial forma parte de su repertorio habitual. No he encontrado pruebas ni en un sentido ni en otro. Lo cual es peor, porque me deja exactamente en el mismo punto. Pero si, era realmente atractivo hace diez años. En las fotos se nota que le encanta posar. Y eso indicaría que probablemente habrá habido, y habrá, muchas mujeres que desearán acostarse con él. Es así como funciona el mundo, con conceptos sencillos. No es cuestión de darle más vueltas al asunto. Y además, es ridículo pensar que me haya elegido a mí, incluso si fuese cierto. ¿Me gustaría que, como yo, hubiese buscado en Google mi nombre? Por supuesto, pero por vanidad, no por deseo.

En casa, durante la cena, mi marido ha hablado de la bolsa. Tenemos una cuenta común para los gastos de la casa, a la que derivamos más o menos la mitad de nuestras nóminas, pero también tenemos cuentas separadas. Así nos hemos organizado. Tampoco están tan separadas, ya que recurrimos a ellas si es necesario. Cuando hay que comprar un coche, por ejemplo, o para preparar las vacaciones, si con lo que hay en la común no llega. Tal vez tenga alguna inversión por ahí, y no me lo ha dicho. Es probable. Las inversiones van bien con su introspección, con pequeños mundos privados en los que los demás no podemos, ni debemos, entrar. Que haga lo que quiera, pero que piense en sus hijos. Eso es lo primero, procurarles un mundo fácil. Al menos en lo económico. Un colchoncito que les permita fracasar durante un tiempo.

La primera parte de este texto la he escrito en la oficina, después de comer, en mi correo de gmail, y la he dejado en borrador, a la espera de esta segunda, y anodina parte. Podría haberla borrado, pero no lo he hecho. No me importaría que mi marido fantaease con otras personas. Fantasear es saludable. Es desde luego, algo que perdonaría. A estas alturas, lo único que no perdonaría es perjudicar a mis hijos.

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