Hoy he recibido otro correo suyo.
No decía nada especialmente comprometido. Una frase amable, un par de referencias a la reunión pasada, una broma interna que no es tan interna, que inmediatamente he relacionado con nuestra conversación de sobremesa. Lo suficiente para que yo entienda que no es estrictamente profesional, pero también lo suficiente para que, si alguien lo leyera por encima, no encontrase nada. Un texto que sugiere, y que a la vez guarda la ropa.
Lo he leído dos veces. La primera como jefa. La segunda como mujer.
He contestado con corrección. Ni fría ni cercana, aunque si con un par de detallitos de complicidad. Me ha costado más escribir esos dos detallitos que el resto del correo, que, y eso es lo principal, respondía al suyo, en el que nos hacía llegar unos datos que habíamos solicitado sobre el perfil de sus clientes en los últimos cinco años. En esos dos detallitos no solo había significado, sino también matemáticas, porque he medido cada letra. Hay una línea muy fina entre ser amable y abrir una puerta que luego no sabes cerrar. No estoy segura de si él la está cruzando o si soy yo la que imagina pasos donde solo hay educación.
No quiero dramatizar. No está pasando nada. Y, sin embargo, algo pasa. No afuera, sino dentro. Es como cuando te pruebas una prenda que sabes que no vas a comprar, pero te apetece ver como te queda en el espejo. He pensado en investigar un poco. Más de una vez he escuchado en la oficina que es un seductor. Un seductor a la antigua. Tampoco me parece guapísimo. Pero no debo investigar nada, tengo ya cincuenta años. Lo que si me apetece es contárselo a Mapi. Me imagino enseñándole el correo, a ver que le parece a ella. Como adolescentes. Solo escribirlo me da vergüenza.
Iba a borrar el correo, pero no lo he hecho.
Durante el día han pasado más cosas, pero mucho más aburridas.