Hoy me ha pasado algo pequeño pero muy estimulante: en clase he entendido algo bien. Claro, eso es lo habitual, en un sentido general, pero lo que quiero decir es que he entrado en la dimensión de lo que la profesora estaba explicando, más allá de la literalidad de las palabras. He sentido esa especie de clic interno, como si una pieza encajase con un sonido seco y el puzle se completase.
No es habitual que algo académico me produzca placer físico, pero hoy sí. Me he sorprendido esperando el siguiente argumento, no para escucharlo, sino para vivirlo. Es como cuando necesitas escuchar una canción, o tan solo tres o cuatro segundos, un par de acordes, algo que entra en tu cuerpo de un modo mucho más amplio que el auditivo. No se si me explico.
Luego he intervenido. Sin impostar nada. Me parecía que era lo que tenía que hacer, después de esa experiencia. He hablado despacio, midiendo, y me he notado segura, como si hablase desde dentro de lo que hoy estábamos aprendiendo, no como esos otros alumnos que de vez en hacen una pregunta para dejar constancia de que están allí, para que el profesor se acuerde de ellos si la nota está entre el cuatro y el cinco. Hay algo especialmente placentero en entender algo con plenitud, en el conocimiento, en hacer tuyas las palabras con esa contundencia.
Creo que me he explicado muy mal, pero se lo que quiero decir. Tiene que ver con la fascinación, o con lo que los artistas llaman la experiencia estética, que no se lo que es, pero puede que se parezca a este cosquilleo. Hay aprendizajes que no son obligatorios y, sin embargo, se quedan de un modo físico, como parte del cuerpo. Me gusta cuando eso pasa. Pocas veces, pero tiene que ser así, para que sea extraordinario.