Hoy he pensado en el diario de mi marido. En el hecho de que él también escribe. Me he preguntado si estará contando cosas íntimas que yo desconozco. Pensamientos, deseos, pequeñas miserias que no han pasado por mí en casi treinta años de matrimonio. Sin duda, alguna coasa tendrá que haber, como las hay en el mío.
No me ha provocado celos exactamente, solo curiosidad. Como si de pronto hubiese descubierto que la persona con la que compartes la cama tiene una habitación interior a la que no te han dado llave. Y no porque la oculte, sino porque nunca la has pedido.
No sé qué escribe. Tal vez nada importante. Tal vez todo. Me tranquiliza pensar que, aunque escriba cosas que no conozco, esas cosas no tienen por qué afectarme. O sí. No lo sé. El matrimonio es una institución rara: se da por hecho que lo sabes todo del otro cuando, en realidad, solo sabes lo suficiente como para seguir adelante. Esa es la claúsula principal, saber lo necesario, como si esa información limitada fuese el aceite que engrasa el mecanismo. Supongo que por estas cosas la primera norma, la norma principal, es que bajo ninguna circunstancia conozcamos lo que escribe el resto. Pero, si esta norma la pensó mi hija, ¿daba por hecho que ese conocimiento podría hacernos daño? ¿Sabrá ella algo más que el resto? No, pero es lo suficientemente lista como para entender que los secretos son necesarios, que somo cerebros dotados de una carne que manejar.
Por otra parte, mi marido fue un tipo divertido, pero ya no lo es. Hace tiempo que no lo es. Se agotó. Apostaría a que su diario es una sucesión de situaciones aburridas y reflexiones algo pretenciosas. Pero esa pregunta ha seguido ahí, flotando: ¿quién es él cuando no me habla? ¿Qué piensa? Piensa más que hace, eso seguro.
Ya estamos en febrero, un mes que no interesa a nadie.