Una impresión. Últimamente tengo la sensación de que me miran más. No sé si es real, si simplemente he empezado a darme cuenta, o si es algo que me imagino, pero la sensación está ahí. En clase, en la cafetería, incluso caminando por la calle. Miradas rápidas, algunas sostenidas un segundo de más. No es incómodo. Tampoco agradable del todo. Es una mezcla rara, como si de pronto hubiese entrado en un foco de luz suave. O puede que sea una fase de la pubertad que me ha entrado con retardo.
No sé si es deseo, curiosidad o simple coincidencia. Tampoco sé qué hago yo con eso. No cambia gran cosa, pero añade una capa. Te ves desde fuera, aunque sea un instante. El cuerpo como mensaje al mundo, no como contenedor de órganos y medio de transporte.
Hoy un chico me ha preguntado algo trivial sobre un trabajo y he notado que no escuchaba tanto la respuesta como mi forma de decirla. Me ha dado un poco de risa por dentro, por su timidez, por esa necesidad de acercarse cubriéndose de capas de disimulo. No he hecho nada especial. He seguido hablando normal. No quiero aprender todavía a usar eso. Este es un ejemplo de esa nueva sensación. No creo que sea algo solo físico, puesto que aquí hay chicas que están mucho más buenas que yo. Es reconfortante pensar que una cara bonita no lo es todo, que hay margen para la lucha. La aleatoreidad de la belleza es un tema interesante. Es un pensamiento cutre, pero me encanta que los hijos de los poderosos sean feos. Ahí no llega el dinero. Si no existiese Darwin, aquí podríamos pensar que existe Dios, para dar hijos feos a los poderosos.
Diario escrito. Debería volcar aquí algunos de los chats de wasap que tengo con mis amigas. Eso si sería divertido.