Hoy ha pasado algo mínimo en el trabajo, pero me ha hecho gracia. He ido a imprimir un documento y la impresora, como casi siempre, estaba atascada. He abierto la tapa con ese gesto experto que dan los años, convencido de que sería yo quien solucionaría el problema. Mientras metía la mano, ha llegado una compañera nueva y me ha dicho, con total naturalidad, que no era ahí, que el atasco estaba en la bandeja trasera. Tenía razón. He retirado el papel, he cerrado la tapa y el documento ha salido sin problemas.
No me ha molestado. Al contrario. He pensado que quizá ya no tengo que ser el que sabe cómo funcionan las cosas. Que alguien más joven, o simplemente distinto, te explique algo sin condescendencia y sin que tú tengas que defender tu territorio es casi un descanso. Le he dado las gracias y ella ha sonreído, como si no hubiese hecho nada especial. Supongo que no lo había hecho.
Luego, en la máquina de café, me he equivocado y he pulsado descafeinado. He estado a punto de tirarlo, pero me lo he bebido igual. No ha pasado nada. No he notado la diferencia. Igual ese es el resumen del día: he hecho varias cosas mal y no ha ocurrido absolutamente nada.
Al llegar a casa he pensado que, durante años, he vivido convencido de que equivocarse tenía consecuencias graves. Hoy no. Hoy el papel ha salido, el café estaba caliente y el día ha terminado como tenía que terminar.