Hoy en el trabajo no ha pasado nada especial. Y eso, empiezo a sospechar, es parte de su encanto.
He entrado a mi hora, he cargado cajas, he hablado lo justo con los compañeros. El cuerpo ha respondido bien. Hay algo tranquilizador en saber exactamente qué se espera de ti. No tienes que inventarte, no tienes que justificarte, no tienes que demostrar que eres interesante. Basta con estar y hacerlo más o menos bien.
Mientras llevaba un palé de un lado a otro, me he sorprendido pensando que el tiempo pasaba rápido. No rápido de verdad, pero sí sin resistencia. Como cuando caminas sin mirar el reloj. No sé si eso es estar a modo resignación o una forma básica de felicidad. Habrá que elegir. El tiempo es un invento nuestro, a los animales y a las piedras les da igual.
Luego he recordado la academia, las caras largas, los subrayadores fluorescentes, la promesa de estabilidad futura. Aquí no hay promesa, solo presente. Un presente físico, cansado, pero claro. Me digo que esto es provisional, que no me define, que tengo otra cosa. Y es cierto. Pero también es cierto que, por primera vez desde hace tiempo, no he sentido prisa por salir de aquí.
No lo escribo como confesión, sino como nota al margen. Algo que apunto para releer más adelante, cuando haga cosas tan estúpidas como escribir mi interesantisima biografía. Y, por cierto, cajita a cajita mis brazos empiezan a ser otros. Brazos deseables, de los que apetece tocar.