Madre 30/01/2026

Hoy no ha pasado nada interesante. Y como no ha pasado nada interesante, he decidido escribir sobre maquillaje. Sobre el mío, el que podriáis ver si pudieseis verme.

No lo digo con ironía, ni queriendo parecer, nunca mejor dicho, superficial. El maquillaje ocupa un lugar importante en mi vida. No como disfraz, ni siquiera como máscara, sino como estrategia. No se trata de parecer otra, sino de dirigir la mirada. Hay días en los que quiero que me miren la piel, otros los ojos, otros la boca. El maquillaje sirve para eso: para decidir qué parte de ti entra primero en la conversación.

Uso una base ligera de Estée Lauder, solo cuando hace falta. No me gustan las caras selladas, me dan desconfianza. Para los ojos, casi siempre marrones: una sombra de Kiko que ya ni sé cómo se llama y un poco de máscara de pestañas de Lancôme, la Hypnôse de toda la vida. Los labios dependen del día. Para trabajar, casi siempre un nude de MAC. Para salir, algo más subido, aunque nunca rojo puro. El rojo exige una seguridad que no siempre tengo.

Mi estrategia para resultar atractiva es sencilla: parecer que no lo estoy intentando demasiado. De eso se trata, ¿no? Eso implica, paradójicamente, intentarlo bastante. Dormir bien cuando puedo, beber agua, no abusar del maquillaje, pero conocerlo. Saber qué ilumina y qué endurece. No competir con las jóvenes, eso sería ridículo, pero tampoco desaparecer. Estar. Mantener una presencia amable, cuidada, con algún detalle que sugiera que sigo en juego. Hay un momento mágico en el que retiras la barra de labios y decides que esa persona que ves en el espejo es la que estabas buscando. Te quedas mirándola uno o dos segundos, y notas como, de algún modo, la imagen entra en tu cuerpo.

Escribo esto porque no sé muy bien qué más escribir hoy. El diario también es esto: rellenar el espacio cuando no hay acontecimientos. Quizá en esos huecos se ve mejor quién eres. Una mujer que sabe qué rímel le funciona y que, aun así, duda frente al espejo.

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