Hoy en clase hemos hablado de vocación. Palabra grande. Casi todos han dicho lo mismo: que les gusta, pero que tampoco es para tanto, que ya verán. Me he reconocido en eso. Me interesa lo que hago, pero no quiero convertirlo en identidad. Me da miedo acabar defendiéndolo como se defienden los matrimonios largos: por costumbre. Además, eso de la vocación parece esconder algo de engaño, como lo de la cultura del esfuerzo. No se si es posible que haya vocación más allá de nuestros instintos naturales; vocación por la comida, por el sexo, por la violencia, por el deseo. Ahí si que veo claro que haya vocación, pero la vocación por una labor remunerada me huele a estafa. Por supuesto, siempre será mejor algo que te guste a algo que no, pero, ¿cómo se decide lo que te gusta? ¿Que resortes se mueven para que nos gusten unas cosas y no otras? Da que pensar, lo de la vocación. He planteado esto en clase, con un éxito moderado. He defendido que la vocación se fabrica más que se posee de un modo innato, y que en esa fabricación no somos libres. En general, mis compañeros no han estado de acuerdo. La profesora ha dicho que era un punto de vista interesante.
He pensado en lo que escribí el otro día sobre libros y cuerpos. Un libro, un cuerpo del que disfrutar. La idea es tan tonta que me gusta, tiene algo de literario. Por la tarde he tomado café con la chica de los apuntes. Hemos hablado un buen rato. Resulta que no es de aquí, que ha vivido la mayor parte de su vida en otra ciudad, e incluso vivió tres años de su infancia en Inglaterra. Dice que esos cambios son los que hacen que en clase no “vaya con su año”. Ha sido agradable, he sentido ese pequeño orgullo de ser alguien a quien se busca.
Esta noche leeré un rato más. Cogí el libro sin muchas expectativas, por que Bolaño suena siempre a viejo, a mito de la generación anterior, lo cual, para la nuestra, implica obligatoriamente aburrimiento. Pero no está nada mal.