Hoy en el trabajo hemos vuelto a hablar de política. O, mejor dicho, hemos hablado otra vez de política. Las mismas frases, los mismos chistes, los mismos diagnósticos que llevo oyendo —y pronunciando— desde hace años. Me he escuchado a mí mismo argumentar y he tenido una sensación incómoda: sonaba a antiguo. No necesariamente equivocado, pero sí repetido, como una canción que fue importante y ahora solo sirve para rellenar silencios.
Uno de los compañeros más jóvenes ha dicho algo parecido a lo que yo habría dicho hace quince años. Me he callado. No por prudencia, sino porque no tenía nada mejor que añadir. Quizá eso sea hacerse mayor: no cambiar de ideas, sino darse cuenta de que ya no sorprenden a nadie. Ni sorprenden, ni interesan. En mi trabajo se está produciendo lo que era inevitable, el desembarco de gente nueva. No son tan jóvenes, la verdad, tienen cerca de cuarenta y se les nota el peso de haber pasado años estudiando para alcanzar esto; una mesa y un ordenador en el que vigilar que el Estado funciona. Cuando llegan, todos forzamos con ellos nuestro personaje, intentamos que nos vean especiales. Eso debe formar parte del ocaso.
Al volver a casa he pensado en mi hijo. Ojalá acabe también aquí. Yo también tuve dudas, también fui joven, pero acabé buscando esta vida. Un sitio donde al llegar abres el programa informático y entre un expediente y otro pasas el rato hablando de política, de lo que pasó en las elecciones extremeñas, y de lo que pasará en Aragón, como si nuestras vidas tuviesen algo que ver con eso. Enseguida les dije a mis compañeros que mi hijo estaba estudiando oposiciones. También algunos de sus hijos lo están haciendo. Los que no son ingenieros, ni médicos, ni arquitectos, ni tienen profesiones de verdad. Los funcionarios decimos que al país le hacen falta fontaneros y electricistas, pero no queremos que nuestros hijos lo sean. Cuando digo hijos, quiero decir también hijas. Queremos que nuestros hijos y nuestras hijas tengan trabajos magníficos en los que sea necesario su talento, pero no sus manos y, si no puede ser, preferimos que sean funcionarios de oficina, donde no se precisa ni talento ni manos, antes que dedicarse a otros oficios donde son necesarios ambos.
He cenado ligero. Pechugas a la plancha con ensalada. Mi mujer a las cenas no les pone imaginación.