Hija 26/0/2026

He hecho una lista mental de lecturas para lo que queda de curso. No solo las obligatorias, también las que quiero leer de verdad, sin prisa. Me he dado cuenta de que asocio algunos libros a personas, aunque no tengan nada que ver con ellos. Me ha surgido una idea medio tonta: que por cada libro debería haber un chico. Algo fresco, esporádico. Que el chico pasase a formar parte del libro, aunque no apareciese en él. Como una nota al margen. Morbo gratuito. Como últimamente me dedico a libros extensos, creo que podría cumplir el plan con facilidad. Decir cosas como «me acosté con la Montaña mágica». Broma: ¿quién sería El hombre sin atributos?

He pensado si debería probar con una chica, como han hecho un par de amigas. Dicen que es liberador. Sexualmente no me atraen, pero no sé hasta qué punto eso es deseo auténtico o un tabú cultural mal revisado. La idea me interesa más que me apetece. No sé si eso es suficiente motivo para hacer algo. Sexo como investigación, no suena nada bien.

Leer ya es bastante exposición. Nos dicen a menudo que hay lecturas que transforman, pero a mi me parece exagerado, algo cursi. Leer me gusta, eso si puedo decirlo, y me considero afortunada por eso. No creo que transformen de un modo drástico, pero si que te permiten hacer interpretaciones del mundo más interesantes, o más complejas. Es una forma de vivir más y mejor. Me gustan los libros y los cuerpos. Yo gusto a los libros y a otros cuerpos. Simbiosis, lo llaman, aunque aquí funcione como metáfora, ya que los libros no están vivos, salvo en sentido metafórico. El lenguaje está construído por metáforas, pero esa es otra historia.

Me está encantando Los detectives salvajes, a pesar de la siguiente confesión: no tuve que comprarlo, lo tenía mi padre.

Etiquetas