Como dije en una de mis entradas anteriores, antes de comenzar este proyecto tuve una conversación telefónica con la Madre, el Padre y el Hijo. Una especie de contrato no escrito por el que me autorizaban a seguir adelante. Las conversaciones fueron breves, ya que, previamente, la Hija les había adelantado cuál era su función.
También dije que era probable que en algún momento introdujese entre estos diarios alguna de esas conversaciones, y ahora es uno de esos momentos. Ayer al recibir los envío y leer el del Padre, me pareció que esta entrada tenía cabida.
Quiero hablar de la relación del Padre con el dinero, aunque aviso que lo haré desde un plano anecdótico, puesto que los únicos datos con los que cuento son los que van a aparecer en el siguiente párrafo.
Al Padre le pareció bien el proyecto, o la parte que yo, dadas las restricciones informativas que nos hemos impuesto, pude contarle. Sin embargo, cuando la conversación parecía haber terminado, me preguntó, de un modo titubeante, diría que tímido, si el proyecto podía suponer algún tipo de ingreso. Vi aquí una posibilidad de fidelizar un redactor, así que decidí mentir. Si, Padre, esto puede suponer algún ingreso. Y decidí, además de mentir, improvisar, cuestión paraa la que mi condición de escritor, escritor fracasado, aporta ciertas capacidades. Le dije que el proyecto, más adelante, podía monetizarse, palabra que me pareción absolutamente solvente, si tenemos en cuenta que al otro lado de la línea tenía un interlocutor deseando escuchar palabras como esa. ¿Y cómo es eso? Me preguntó. Muy fácil, le dije, solvente yo también, afianzando el tono al comprobar que la presa se obstinaba en serlo. Imagínese que tenemos tantos lectores que alguien quiere pagar por lo que aquí se escribe, ¿lo entiende? Apenas, me pareció. Imagínese que usted escribe que se ha tomado una CocaCola bien fresquita y que le ha sentado muy bien, porque la CocaCola nos dice que si escribe una frase así, pagará. Si, lo entiendo, ¿pero cómo voy a enterarme yo de que la CocaCola paga por eso? Porque yo se lo diré, le dije. Y, si esto sucede, ¿dónde irá ese dinero? No lo he pensado, dije, pero ese dinero será de ustedes, no mío, improvisé. Espere un momento. Esperé un momento. Coja boli y papel, dijo la voz al cabo de unos segundos, y me dijo un número de cuenta. Del Banco de Santander, mas concretamente, cuestión que yo conocía por los cuatro primeros números, que son de ese banco, que es también el mío, es el sentido, ese «mío», de ser el lugar en el que me ingresan la nómina y en el que tengo domiciliados los pagos habituales, más abundantes de lo que me gustaría. Aquí es donde debe ir el dinero, si a usted le parece bien. Me parece bien, le dije, a sabiendas de que algo así no iba a ocurrir. Gracias, dijo el Padre.
Así que tengo un número de cuenta anotado en un cuaderno. Si veo que al Padre flaquea, ingresaré cincuenta euros y le diré que cite en algún momento las bondades del fuet Tarradellas, o del café Saimaza, o de los helados Hagens Dazs, a ver si lo escribe bien. Es divertido solo imaginarlo. También me pregunto a qué se debe esa relación del padre con el dinero, por la necesidad de acumular. Por lo que conozco del personaje, que se limita a lo leído, no creo que tenga deudas por asuntos turbios, ni proyectos que supongan una inversión grande. No se qué le pasa.
Me pareció un buen momento para señalar esto. Además, la conversación telefónica fue muy entretenida, y el entretenimiento, aunque la Hija no lo sepa, es necesario. Para eso estoy yo.