Sábado. Pequeño milagro; hemos salido a tapear por el centro. Nada planificado: un vino aquí, una caña allí, algo para picar. Todo correcto. Hay un boom gastronómico en la ciudad. De repente, los bares son noticia. La gente habla en el trabajo de los bares, de cual es la mejor salmuera, los mejores calamares, donde ponen la mejor tapa gratis con la bebida, y del estallido étnico; asiáticos de todo tipo, peruanos, sirios, argentinos. Influencers gastronómicos que se llevan un dinero por decir a que bar tienes que ir y lo que tienes que pedir.
Los bares estaban llenos de gente como nosotros: parejas que se conocen de memoria, que piden casi sin mirarse, que conversan sin acabar las frases. Hemos hablado de cosas prácticas, de la semana, de un viaje que quizá hagamos en primavera. O quizá no. He sentido afecto, claro. También una especie de distancia cómoda, acolchada por los años. He rebuscado en mi marido el atractivo que le vi hace ya muchos años. Un hombre que habla de planes que probablemente nunca hará, o que comenta, de un modo totalmente previsible, sobre lo caro que resulta todo ahora. Antes aquí merendábamos por doscientas pesetas, y frases así. Ha tenido siempre un discurso entre soso e ingenioso que funciona, aunque tal vez no para todos los días. Es la persona con la que he construido mi familia.
En uno de los bares, mientras mordisqueaba una croqueta templada, me he sorprendido pensando en cómo sería este mismo momento con otro tipo de hombre. No mejor, no peor. Distinto. Alguien que hiciese preguntas inesperadas. Alguien que mirase más alrededor que hacia dentro. El pensamiento ha sido breve, casi técnico, como una hipótesis que no se desarrolla. No había nostalgia ni culpa. Solo comparación, que es una forma silenciosa de conocimiento.
No he dicho nada. Tampoco era necesario. Hay pensamientos que no piden salida. ¿Que si he pensado en un hombre concreto? Pues si, pero no diría que pensaba en él, sino que el pensamiento necesitó concretar esa abstracción, la de otros hombres que no son el mío, y que están en el mundo.
Hemos vuelto a casa pronto. Por la noche, una película. Sorda, que está nominada a los Goya de este año, y que me ha gustado bastante. Me la ha recomendado él, le gustan lo que yo denominaría películas intimistas españolas de bajo presupuesto. A mi no me disgustan, pero mezclo unas con otras y las olvido enseguida. Me dejan poca huella, quiero decir. Esta me ha gustado bastante, más que Sirat, que también me gustó, y que está para los Oscars. Ya te he dicho que te iba a gustar, me ha dicho mi marido al terminar. He pensado que la vida, muchas veces, es esto: una sucesión de momentos suficientemente agradables como para no cuestionarlos demasiado.