He dormido como un tronco. El cuerpo lo agradece, aunque luego la cabeza se queda rara, como si hubiese perdido el ritmo.
He ido a comprar al super con el volumen a tope a tope en los auriculares. La sensación de caminar entre la gente y las estanterías sin enterarme de nada, sintendo los golpes del bajo en el estómago, es agradable, me relaja. Me voy a joder los tímpanos, pero estos ratos deben traer algún otro tipo de beneficio. En el supermercado todo el mundo parecía cansado, como en el metro. Tesis: los negros y los sudamericanos sonríen más que los españoles. Es una forma revolucionaria de lucha, me digo. Me gusta ir al super y cumplir así con mi cuota de colaboración en las tareas familiares. He llevado la compra a casa, he metido en el congelador lo congelado, y después he ido a la biblioteca un rato, pero no he estudiado en serio.
Por la tarde he quedado con un amigo. Hemos hablado de cosas inconcretas: trabajos que no llegan, oposiciones que parecen eternas, gente que se va fuera, rupturas sentimentales, tías que nunca se han fijado en nosotros. Nadie ha dicho nada especialmente original, pero ha estado bien no estar solo. Con otro looser, como yo.
Mañana volveré a la ley de contratos En la academia nos dan fotocopias, como si estuviésemos en el siglo pasado. Hemos creado un mundo en el que memorizar media docena de leyes puede marcar el tipo de vida que vas ha llevar durante cuarenta años, ¿no es increíble? Por la noche saldré un rato. Iremos al bar de siempre, a ver si vuelvo a ver a Olga. Está feo decirlo así, pero me parece una tía accesible, en el sentido de que yo puedo ser suficiente para ella. Del mismo modo del que hay tías a las que yo no puedo aspirar, hay tíos a las que ella tampoco. Estamos un par de escalones por debajo. Hay que asumir que el mundo tiene un orden, y que fuera de ese orden solo hay frustración. No me estrañaría que ella también estuviese estudiando oposiciones.