Me han renovado el contrato. Otro temporal. No es indefinido, lo que es peor y mejor a la vez. El indefinido podría ser el siguiente, si hubiese trabajo para contratar más gente. Si te renuevan es porque están contentos contigo. Y eso me inquieta más de lo que debería.
Están contentos con cómo cargo cajas, con que no falte, con que no me queje. Con que mi cuerpo responda. No hace falta saber nada para esto. Ningún conocimiento, ninguna especialización. Solo estar. Y eso parece suficiente.
Ha venido el jefe de turno y me ha dicho que subiese a la oficina. Ha levantado la mano para que la chocase, lo que me ha resultado infantil y ridículo. La he chocado. Arriba hay un mundo distinto. Las dos administrativas huelen a colonia, y no a sudor. El jefe de verdad me ha propuesto quedarme otro mes, si yo quería. Ese «si yo quería» me ha sonado a «si yo estaba dispuesto a continuar braceando a pesar de tener una carrera universitaria». En la ETT el dato está en mi curriculum, no sé si lo pasarán a las empresas. Le he dicho que si, y él me ha dicho que pasase con una de las administrativas, que aunque seguía contratado por la ETT el papeleo se podía hacer desde aquí. La administrativa me ha llamado por mi nombre, como si fuésemos colegas de trabajo, a pesar de que en el mes que llevo aquí no la había visto nunca. Me ha impresionado su cara de cansancio.
Por la tarde he ido a la academia de oposiciones, otro mundo paralelo. He estudiado la ley de contratos del sector público. Artículos, disposiciones, excepciones. Todo muy claro, muy ordenado. Un mundo donde cada cosa tiene su lugar y su procedimiento. He estado dos horas sentado, subrayando, escuchando a un funcionario feo y delgaducho que se saca un sobresueldo. Memorizar leyes de doscientas páginas tiene también algo de muscular.