Padre 20/01/2026

Ya estamos lanzados cuesta abajo, nadie se acuerda de la navidad. Decimos dosmilveintiséis sin necesidad de pensarlo. Sale solo, como el DNI. Ninguna otra especie puede memorizar ocho números durante toda su vida. El café de la mañana sabe igual que siempre, lo bebo a sorbitos pequeños y constantes, aguantando el calor en la garganta. Mi mujer lleva años preparando cada día la cafetera, uno de esos trabajos que damos por hechos y no valoramos. Todos somos machistas, por educación. Quizás nuestros hijos lo sean menos, pero no se sabe, las noticias dicen que hay un repunte, y que vuelven comportamientos que parecían ya abandonados. El eslogan nosotras parimos, nosotras decidimos, ya no funciona, tiene un punto grosero más propio de las izquierdas zafias, sin barbitas bien recortadas, de los noventa. Las mías. Mi mujer habla con mi hija en la cocina, parecen estar terminando una conversación cuyo contenido central me ha pillado meando; no presto atención al contenido exacto, solo al tono. No parece haber conflicto. Hoy mi hijo se ha llevado el coche al trabajo. Prefería ir en bus, pero tarda mucho. No suele conducir. Me ha mandado un whatsapp diciendo que había llegado bien.

En el trayecto al trabajo he entrado en Investing, la app que utilizo, ocultando un poco la pantalla. No lo haría si hiciese un sudoku o la palabra del día. Pero con esto si. Como los mercados todavía no han abierto, lo miro solo un momento, por si hay alguna noticia importante, ya que en la aplicación hay una sección de noticias para la que las noticias solo lo son si pueden afectar a las cotizaciones. No puede negarse que la economía ofrece un lenguaje directo, sin trampa ni cartón. Ni Trump, ni Irán, ni Venezuela, ni Israel, ni nuestro poco influenciante Congreso de los Diputados parecen incomodar demasiado. Nada especialmente alarmante, ni estimulante. Todo se mueve en una franja que invita más a la paciencia que a la acción. No news good news, dirán algunos, pero eso no siempre es así. Soñamos con un pelotazo más que con un ocho por ciento anual. Eso sirve para cosas como mi trabajo, que en buena medida consiste en no hacer nada cuando no toca, algo que cuesta explicar al ciudadano y todavía más justificar. Somos garantes de maquinarias pesadas que dan tranquilidad a la gente normal. La sensación de que a algún sitio se puede acudir. Tres millones de funcionarios que con su sueldo fijo garantizan consumos que logran que otros sectores progresen.

En la oficina se habla de política, como en todo el país. Mi sospecha es que el tiempo dedicado a hablar de política es inversamente proporcional a la complejidad de los argumentos. Tener las necesidades cubiertas nos permite, además de consumir con regularidad, que nuestra polarización consista solo en la elaboración de un relato y, en cualquier caso, en valorar las cosas que les ocurren a los demás. Que nos haya ido parecido con rojos o azules es algo que sabemos, pero necesitamos un discurso cínico con el que entretenernos. Probablemente, por el mismo motivo, hacemos también un esfuerzo por crearnos una identidad. A mi los azules no me gustan, y a los rojos, aunque podían hacerlo mejor, les perdono siempre. Por si no ha quedado claro, llamo azules al PP y rojos al PSOE. Cuando entré aquí éramos mayoría, pero ya hace tiempo que no. Dicen que ahora hay muchísimos jóvenes de ultraderecha. De Vox. No creo que ninguna de mis hijos lo sea, me avergonzaría un poco, pero es algo que puede pasar, igual que a los militares les salían hijos comunistas. Mis hijos no hablan de política en casa, y no creo que les interese mucho, al menos en los términos en los que los de mi edad la entendemos. Un compañero dice que los funcionarios no deberíamos tener ideas políticas y, en un sentido muy puro, tiene razón. Somos máquinas al servicio de estado.

Pero hoy sobretodo hemos hablado del accidente de tren. Un par de compañeros son andaluces y vinieron el domingo en uno de los trenes que pasaron por esa misma vía un par de horas antes del descarrilamiento. En las noticias, como siempre que hay una tragedia así, el número de fallecidos va aumentando. La tragedia es tan reciente que ni siquiera nosotros, los cínicos, los que van a cobrar pase lo que pase y esté quien esté, hemos hablado de responsabilidades políticas.

He salido del trabajo media hora más tarde de lo normal. A veces me quedo un poco más, en previsión de que otros días tenga que compensarlo. Tenemos horario flexible, siempre que permanezcamos en nuestro puesto de nueve a dos. He ajustado la salida a la apertura del mercado americano, que es cuando pasan cosas. Ahí hay media hora donde mirar el móvil con las cotizaciones en directo es entretenido, mejor que una película. Tengo que pensar dónde invertir esos veinte mil euros.

He caminado esa media hora, y luego he cogido el metro. La gente en el metro también mira sus cosas. El vicio es universal. Algunos ven series. ¿Y si alguien estuviese leyendo lo que yo escribí hace una semana? Me parece poco probable, aún suponiendo que esto se publicase en algún formato digital. Tampoco creo que fuese el personaje más querido.

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