Madre 22/01/2026

El martes por la noche, después de escribir el diario, puse una lavadora. Un colada diminuta, tanto que busqué alguna toalla para rellenar. Quería lavar la camiseta de Debbie Harry. Programa corto, agua fría, centrifugado suave. Luego la colgué con cuidado, bien doblada para evitar rayas, en el salón, frente al sofá, para que estuviese seca a las siete de la mañana. Si hubiese sido necesario, le hubiese dado una pasada con el secador. Cuando acabé era casi la una de la madrugada. Me fui rápido a dormir, al día siguiente tenía que estar fresca. Por supuesto, tanto al pensar en la camiseta como en la necesidad de dormir un buen rato, estaba pensando en la reunión. Con la camiseta pensaba en el cuerpo, y con el sueño en la piel, en un contorno de ojos que no pareciese un desagüe de energía. Inevitablemente, pensaba en X, por qué negarlo si el pensamiento no se puede agarrar del todo, si no puedes hacerle trampas, si lo del libre albedrío también sirve para ser golpeada por lo que preferirías, o deberías, ahuyentar. Había que causar la mejor impresión posible. Y ahí estaba yo, con mi familia en la cama, congando una camiseta y pensando en un hombre no como se piensa en un amante potencial, sino como se piensa en alguien ante quien te gustaría estar un poco más despierta, un poco más presente. Dormí bien.

La reunión salió según lo previsto. Datos, gráficos, previsiones, asentimientos medidos. Nos conocemos desde hace años y eso se nota: hay una confianza profesional que permite ir al grano sin sobreactuaciones. Él sigue siendo elegante, en un sentido casi antiguo de la palabra. No elegante como los hombres de ahora, sino como alguien que aprendió a comportarse en un mundo más lento. Alto, razonablemente guapo, algo de gimnasio, supongo, y una de esas caras que funcionarían como presidente de la asociación de empresarios regional. Corbata, chaqueta, metro ochenta cuando la gente no medía metro ochenta. Rondará los sesenta. Magnífica dentadura. Me ha mirado un par de veces más de lo necesario. O quizá he sido yo la que ha interpretado así esas miradas. La frontera es siempre difusa. Su equipo, el segundón de siempre y un par de chicas jóvenes, también lo ha hecho muy bien, como si lo hubiesen ensayado durante la semana.

Hemos ido a comer solos. No estaba previsto así, pero tampoco ha sorprendido a nadie. Restaurante tranquilo, mantel de tela, vino blanco. Hemos hablado del trabajo, claro, pero también de otras cosas: viajes, libros que no hemos terminado, ciudades en las que uno podría quedarse a vivir si la vida hubiese sido distinta. En algún momento me ha dicho que no aparento los años que tengo. He sonreído y he contestado con una broma, como corresponde. He sentido esa mezcla de halago y pudor que ya debería tener superada y, sin embargo, sigue ahí. He sido consciente de mi cuerpo, de cómo cruzaba las piernas, de cómo apoyaba la mano en la mesa. He pensado, fugazmente, en qué pasaría si dejase de medir tanto cada gesto. No he hecho nada, pero de algún modo él ha conseguido que la conversación se soltase, que, aunque nunca lo reconoceríamos, aunque siempre dejásemos clara nuestra absoluta profesionalidad, el flirteo ha sido evidente. No hemos hecho nada por evitarlo. He insistido en pagar, ya que él, técnicamente, es mi cliente. Por supuesto, ha sido imposible.

No ha ocurrido nada extraordinario, y sin embargo todo ha tenido un brillo distinto. Como si durante un par de horas la vida hubiese sido otra cosa, o la misma, pero mejor iluminada. Al despedirnos nos hemos dado dos besos correctos. Me ha dicho que ha sido un placer, como siempre. He respondido lo mismo, y era verdad.

Vuelvo a casa con la sensación de haber estado cerca de algo que no sé si quería alcanzar. Tal vez el deseo no sea siempre una flecha, sino un círculo: basta con recorrerlo para que algo se mueva dentro, aunque acabes en el mismo punto. He doblado la camiseta y la he guardado en el cajón. No sé cuándo volveré a ponérmela.

No he esperado al jueves para escribir esto. No quería que el calor me impidiese contar las cosas como las he contado. He suprimido alguna cosa, por pudor, pero escribiré una última ahora, como cierre, a sabiendas de que me arrepentiré: he acabado el día con la sensación, que no el deseo, de poder aspirar a hombres así.

Son las once y cincuenta y dos minutos del miércoles veintuno de enero de dos mil veintiséis. Me gusta cumplir las normas. A las doce será día par, y podré enviar este texto. Por el libre albedrío.

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