Hoy he pensado bastante en el futuro, que es una palabra enorme para cosas bastante pequeñas: dónde vivir, de qué trabajar, con quién hablar cuando llegue a casa. No pienso en “qué quiero ser”, eso es una pregunta tramposa, sino en qué tipo de vida estoy dispuesta a sostener sin odiarla. ¿Por que hoy esta reflexión? Porque mis notas de este cuatrimestre han sido magníficas (aún no se todas). Porque un profesor me ha llamado aparte para felicitarme por las conclusiones que añadí a un trabajito, y me ha dicho, literalmente, «estás a otro nivel».
El proyecto avanza. Me gusta porque no es solo una entrega más, sino que a veces siento que también esto debe estar a otro nivel. Tiene algo de riesgo, de exposición. Eso da miedo. También engancha. A veces creo que, si todo fuera así, estudiar tendría sentido de verdad.
Me doy cuenta de que empiezo a mirar a algunos profesores como posibles aliados y a otros como simples obstáculos administrativos. Supongo que eso significa crecer. O volverse pragmática. Todavía estoy a mitad de carrera, pero tengo la sensación de que ya muchos esperan un extraordinario TGF final, y una beca de doctorado. Quiero decir que tengo la sensación, estupenda, de que ya tengo la capacidad de defraudar a gente. No todo el mundo lo consigue en una vida.
Espero que el futuro no sea una línea recta, sino una serie de proyectos cuyas curvas te obliguen a estar despierta. No lo se, pero veo, al observar a la generación que nos precede, que rendirse es siempre una opción.
Noticia: mañana he quedado con el narrador, que acudió al ruego de mi anterior envío. No podré contar nada de ese encuentro, pero si quiero dejar constancia de que esto sigue siendo mío.