¿Qué puedo escribir de un domingo como este? Nada que no esté ya escrito. Podría ir a un domingo anterior y hacer un corta pega sin ningún problema. Es eso lo que debe esperarse de un domingo, supongo.
Pero si ha sucedido algo, una cosa que un hipotético biógrafo no podría adivinar, algo que solo existirá en el entramado de mis conexiones neuronales y, desde ahora, en la bandeja de mi correo electrónico personal y las derivaciones que su envío ocasione. En el periódico que ojeaba en la cafetería he visto la cara del padre de una amiga de mi hija. No salía solo, sino con otras personas que formaban un grupo de trabajo. Habían hecho un pequeño descubrimiento en su sector, nada trascendente, pero si suficiente para media página en la sección de economía de un periódico local. Ni siquiera salia su nombre en el pie de foto, sino que salía el nombre del jefe, que llamaremos, por ejemplo, LJU, y una referencia al resto. LJU con su equipo (*). Esa visión, una cara casi irreconocible por la mala calidad del papel, me ha sumido en un momentáneo desconsuelo, un pinchazo que he superado con otro café y la siempre anestesiante sección de deportes.
Tal vez por eso, y por ser un día sin otra cosa mejor que hacer, he estado a punto de proponerle a mi hija ir a ver Los domingos, de la directora que hizo Cinco lobitos, que nos gustó, aunque tal vez no tanto como dijimos que nos gustó. No me acuerdo cómo se llama. Podría buscarlo en Google, escribir aquí su nombre, y simular que sí se cómo se llama. En ese sentido, puedo simular aquí cualquier cosa, pero no voy a hacerlo. Al menos de momento. Me he puesto ese límite: no mentir. Puedo ocultar cosas, pero no mentir. Tampoco es una norma impuesta por mi hija, sino una norma que me he puesto yo y que, declaro, sigo para el resto de ámbitos de mi vida. Si le iba a proponer lo de la película a mi hija es porque es ella la que disfruta de este cine más intimista, alejado de las superproducciones, que tampoco rehuye. Me hubiese gustado ir, porque casi nunca estoy a solas con mi hija, pero al verla con ese pijama y esos auriculares, ambos enormes, no me he atrevido. Me imagino una tarde con ella, con peli y hamburguesa después, riéndonos y contándonos nuestras cosas. Otra película. El mundo no es así. Ella tiene diecinueve años y su función ahora es repudiarme, avergonzarse un poco de un padre insignificante.
(*) Por supuesto, LJU son iniciales inventadas. Aún así, solicito a quién revise esto que valore si el párrafo contiene información que pueda afectar a nuestro anonimato.