Madre 20/01/2026

Comienza la mañana con una breve, pero intensa, conversación con mi hija en el desayuno. La discusión que tuvimos hace unos días parece olvidada. Me pregunta qué me parece que se vaya con un chico de viaje, y le digo, sin titubear, que me parece estupendo, pero que me gustaría saber con quién, y que si lo que me quiere decir no será que tiene un novio que nos va a presentar. Me arrepiento de decir la palabra novio, que huele a viejo y cerrado. Aún hubiese sido peor decir noviete. Pero resulta que no, que no hay ningún viaje, y solo quería saber qué me parecía, si le dejaría ir sin preguntar demasiado, así que supongo que he pasado el test, puesto que no solo no hay reproche alguno, sino que para cerrar la conversación me dice que la camiseta que llevo, y que reproduce una foto en blanco y negro de Debbie Harry, cantante de Blondie, señora y grupo que ella no debería conocer, y no conoce, es muy chula. Llevo, además, un pantalón de cuero que queda bien con la camiseta. Lástima que sea invierno y tenga que llevar algo encima. Le he preguntado a dónde le gustaría ir en ese viaje imaginario con ese chico imaginario, y me dice que a Londres, porque hay mucho que ver y el avión es barato. Le digo que cuente con las libras, cuando sea. Final feliz. Se nota en el tráfico de la ciudad que el año ya ha empezado del todo. Me pregunto en el metro si esa ropa no hubiera sido más adecuada para la reunión de mañana, donde un poco de atrevimiento podría funcionar bien. Día de trabajo normal.

Antes de entrar he pensado, como pensé ayer, que Clara tal vez no estaría, que ya no volvería, que a lo largo de la mañana llegaría un correo con una cobarde aunque correctísima despedida. Pero estaba allí, eficiente, impecable, con esa distancia que mezcla frescura y cierta suficiencia. También le ha gustado mi camiseta, o lo que se veía bajo una chaquetilla seria con la que contrastaba. Le he dicho que es la cantante de los Blondie, grupo que por supuesto no conocía. Me he atrevido a canturrearle el comienzo de One way or another, la única canción que conocía del grupo, y cuya autoría solo supe porque cuando me compré la camiseta lo investigué. No tenía ni idea. Es una de esas camisetas que tienen un punto macarra pero no lo son, las venden las marcas caras para que los pijos que lo deseen suavicen su imagen, como las camisetas de los Ramones, o las de los morritos de los Rolling Stones. Trabajo en marketing, no acepto discusión. La mía, al menos, es menos evidente, es como esas otras en las que aparece la cara, con grandes cejas, de Frida Kahlo. Lo dicho, otro día en la oficina. Al mediodía he comido sola en la terraza del bar de siempre, donde me sigue haciendo gracia la broma de Victoria Abril. Hacía un sol que contrarrestaba bastante el frío. Entre bocado y bocado me he dedicado a observar a los transeúntes: los que caminan con prisa, los que conversan lentamente, los que creen que nadie los mira mientras revisan sus móviles. Cada gesto me parece un pequeño reflejo de historias que no conoceré nunca. Me recuerda por qué, aunque me canse, me gusta escribir el diario: es una manera de atrapar lo que de otra forma se escapa.

Por la tarde he terminado un informe que llevaba tiempo pendiente. Me he sentido satisfecha de haberlo cerrado antes de la fecha límite. Hemos repasado algún fleco para la reunión de mañana. Todo en orden. Merluza a la plancha para cenar; proteína si, carbohidratos no.

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