Fin de los exámenes que, como comenté, gracias al Plan Bolonia solo son dos. En el resto de asignaturas basta con leer algún texto, o decir que lo has hecho, y hacer un trabajito de doce páginas, doble espacio, Times New Roman 12, cuya principal dificultad consiste en eliminar indicios de inteligencias artificiales. Yo los textos recomendados me lo leo, porque creo que es lo más importante que podemos hacer aquí, aprender a leer textos complejos. Los profesores dan bibliografía a sabiendas de que nadie la va a leer. Un porcentaje considerable de nuestra formación univesitaria consiste en hacer un paripé. Pero yo me los leo. Me creo a los profes cuando dicen que eso es importante. Es lo que diferencia a unos de otros. Si sabes leer textos complejos puedes ser matemático, o filósofo, o físico, o neurocirujano, o cualquiera de esas cosas que merecen la pena.
El examen de esta mañana tiene un inconfundible olor a matrícula de honor. No es la primera. Cuando te ponen una matrícula es más fácil que te pongan la segunda, es como si con la primera adquirieses un certificado de calidad que pesa en los profesores cuando corrigen. El aula es el mundo en pequeño.
Pero no soy la típica mojigata que vive para los exámenes. Os lo demostraré en media docena de líneas. ¿Os acordáis de Carlos? Pues resulta que él tenía examen de lo suyo en su facultad, y nos hemos encontrado a la salida. Y claro, después de un periodo de exámenes todo el mundo tiene tensión que soltar. La verdad es que en estas últimas semanas no había pensado en el nada de nada. Nos hemos ido a un bar y, aprovechando lo escondido de nuestra mesa, nos hemos besado y nos hemos tocado. Le he tocado la polla por encima del pantalón, y si no fuese porque una cafetería universitaria, a pesar de estar prácticamente vacía, es un escenario absolutamente inapropiado, me la hubiese metido en la boca allí mismo. El me ha tocado con demasiada suavidad para lo que mi ímpetu requería. Debería haberle dicho: ¡arriesga un poco más, acabo de sacar una matrícula! Ha sido agradable. Es también agradable escribirlo, además de que me excita bastante, creo que más que vivirlo en esa cafetería que más que a café huele a aceite de freidora. Lo hemos dejado ahí, he dicho que tenía que irme, y el se ha apreurado a pagar los cafés. Por cierto, hablando de pagos, si se confirma la matrícula ahorraré a mis padres ciento y pico euros, y espero sacar un par más a lo largo del curso. Quinientos euros que harán que me adoren un poco más. Que se pongan a escribir un diario solo con pedirlo, por ejemplo. No me dan beca porque los ingresos de la unidad familiar estan por encima del umbral económico requerido. Nos pasamos de ingresos, cuestión que me impide estar en el lado de la pureza proletaria. Algunas de mis amigas tienen beca, y otras, la mayoría, no.
Terminar los exámenes abre una puerta, la de hacer lo que quieras y no sentirte mal durante una temporada. Leer lo que quieras, ver lo que quieras, escuchar tu podcast favorito, interesarte por disciplinas que no tienen nada que ver con lo que estudias y tener la duda de que, tal vez, te equivocaste al elegir, que lo tuyo es otra cosa de la que no te habías dado cuenta. El descanso es peligroso, te permite vislumbrar otras vidas posibles. El día no ha estado mal, en las últimas horas he hecho un examen perfecto y he tenido una lengua en mi boca y un pene erecto en mi mano, mediado por el algodón de un vaquero cuya factura pretenderá ser americana pero será bangladehí o de algún sitio así. Pero, de un modo inevitable, ya estoy olvidando todo lo aprendido.