He mirado el saldo, por costumbre. El número me tranquiliza. La aplicación de mi banco me permite saber cuanto he ganado o perdido hoy con cada valor, y el resultado global. También puedo ver el resultado en lo poco que va de año, o desde el momento de la compra, tanto en valor absoluto como en porcentaje. Siempre que miro el saldo recuerdo unos libros de Disney que leía de pequeño, donde el el Tío Gilito dedicaba su tiempo a contar las monedas de su fortuna. Miro el saldo varias veces al día.
El cuerpo acusa el final de semana. No es dolor, es otra cosa. Un aviso suave. Como cuando el coche hace un ruido nuevo pero sigue funcionando. He pensado en el tiempo, no en el futuro lejano, sino en ese tramo intermedio que nunca se nombra: ni juventud ni vejez. Cada día un mordisco nuevo. Si se tiene en cuenta la esperanza de vida en España para un hombre, me quedan poco más de veinticinco años. Eso es así. Desde un punto de vista matemático, cuando alguien muere antes de los ochenta, me daría más posibilidades de superar el umbral de esperanza. No se si este cálculo tiene validez científica, pero así vivo las muertes prematuras. Querido difunto, los años que restas a la media pueden ser míos.
En mi trabajo hay un tipo que trabaja menos de tres horas al día. Un jeta. Desaparece sin más. Nadie le dice nada, puesto que es un inútil con el que hace tiempo que no hay que contar. Ese es el status quo, nos libramos de él y el de nosotros estafando al contribuyente. El jefe le encarga pequeños trabajos, como archivar expedientes ya tramitados, para que no moleste. Nos dice que más no puede hacer, que no puede despedirlo, que hay que esperar a que se jubile y ya está. Dicen que está separado y que no se habla con sus hijos. Un desgraciado. Me apetecía hablar de él aquí, un modo anónimo de denuncia.
He demorado la vuelta a casa, caminando despacio, tomando un café en uno de esos sitios del centro que un viernes como este están llenos de gente que parece feliz, escuchando la radio por la calle. La Ventana, en la SER. Me gustaría hablar como un locutor de radio, pero no tengo la voz ni la aptitud. Cuando me decido a defender algo, hablo deprisa, me acelero, o interrumpo a mi interlocutor. Hablar bien puede servirte para dominar el mundo, para que cuando tu hables los demás se callen. Igual que ser bello, llenar el espacio solo con la presencia. Me gusta mirar gente en los bares cuando tomo mi café solo. Hay otra gente que lo hace. Tal vez dentro de un tiempo se clasifique como patología: tomador solitario de café que observa.
El 2026, hasta el momento, se parece muchísimo al 2025. Lo siento por el lector. Al menos, me esfuerzo por contar las cosas de un modo agradable, con finales elegantes como este.