Los viernes pesan menos, ambiente relajado en la oficina. Los más jóvenes hacen planes para quedar después del trabajo, hablan entre departamentos, llamadas cortas con el teléfono de la empresa. Tienen treinta años, o menos. Solteros, con relaciones estables o no, no lo sé. Se divertirán, tal vez haya algún romance pasajero. Tendrán un grupo de whatsapp en el que hablen de nosotros, los que ya no tenemos treinta. Me gustaría que me invitasen un día, por curiosidad.
Hoy ha sido día de trabajo fácil, de comprobar que todo sigue ordenado, de actualizar datos en las tablas de seguimiento, de recordar fechas límite en las que entregar resultados, de llamadas de cortesía. Cosas así. Decidí no preguntar a Clara por su situación. Si quiere, que me lo cuente ella. Tal vez sea solo un rumor, o algo que no ha llegado a buen puerto. El secretismo, en lo que a lo laboral se refiere, no es malo. No hay traiciones, solo intención de mejorar. O dinero. Cualquier motivo es suficiente, como que el bus te deje en la puerta de la oficina. Somos buenos aquí, hay cierto reconocimiento en el sector, pero eso no quiere decir nada. Aún así, desde ese rato de ayer en la máquina de café, Clara sigue rondándome la cabeza. Cambiar. Moverse. Apostar. Palabras que suenan bien cuando se dicen en abstracto. Desde que pienso en eso me parece más valiosa, más necesaria. Cuando la escucho hablar inglés al teléfono siento mi inferioridad. Los idiomas siguen siendo la lacra de mi generación. ¿Y si el rumor fuese solo una argucia de Clara para que la valoremos como debemos? Demasiado retorcido. He notado que hoy estaba especialmente correcta. Más de lo habitual. Frases bien medidas, gestos neutros. Magníficamente maquillada. Está muy buena, y eso también forma parte de su posición en este organigrama. El mes que viene llevará un año con nosotros, pero la sigo considerando una recién llegada.
Otro asunto. Nunca me ha gustado Julio Iglesias. Ni como hombre, ni como cantante. Es para gente algo más mayor que yo. A mi me gustaba el rock, aunque ahora, probablemente, nadie lo diría, con estas pintas. Rock duro, incluso. Despreciábamos la música de Julio Iglesias, que llamaban canción melódica. Las canciones de Julio Iglesias eran más para nuestras madres. Ese punto de galán envejecido siempre me ha dado bastante asco. Me pasa con él, o con Bertín Osborne, o con Carlos Herrera, o incluso con Imanol Arias. Arturo Fernández me hacía gracia, por su caricatura. Quiero decir que entiendo que mujeres de la generación de mi madre, nacidas en los cincuenta, puedan haber fantaseado con acostarse con Julio Iglesias. Lo que siempre me ha resultado repugnante es presumir del número de mujeres con las que has follado. Y no es que sea yo un ejemplo del nuevo feminismo, que me resulta, digamos, demasiado normativo, en el sentido de que hay que estar muy pendiente de no cometer errores, pero feminista lo soy como la que más, eso lo afirmo rotundamente. Eso de presumir de macho y soltar una cifra, o poner media sonrisita cuando sale el tema, no lo soporto. También, por otra parte, puedo entender que haya mujeres para las que acostarse con Julio Iglesias, además del deseo, o del placer, tenga un contenido curricular. La mujer, esa u otra, es la buena de la película, al menos en esta película. Quiero decir que la noticia de la denuncia de la presunta agresión sexual no me ha sorprendido. Lo hemos comentado en la oficina, y no le ha sorprendido a nadie. En fin, que no me gusta nada Julio Iglesias, y que si ha hecho algo, que lo pague con la cárcel o con su patrimonio, que será abundantísimo. A lo largo del día me han llegado al móvil casi diez memes.
He vuelto a casa andando, a pesar del medio tacón. Me gusta caminar por la ciudad cuando se retiran las luces de navidad. Me gusta el cemento y el bullicio de estas cinco millones de personas hacinadas.
Me resulta más cómodo escribir así que limitarme a una enumeración de sucesos cotidianos. No se si es lo que se busca, pero no hay libro de instrucciones.