Madre 14/01/2026

Hoy me ha llegado un rumor; Clara se va. Me lo ha dicho Concha en la máquina del café. Concha conoce a todo el sector, lleva en esto toda la vida. Se jubila en dos años. Tiene razón un compañero, se van las Conchas y llegan las Lorenas. Dice que se va a una empresa mejor, competidora de la nuestra. Más moderna, por que no reconocerlo. Oficina enorme en el centro. No sabe si el asunto está ya cerrado, pero la sola posibilidad me ha dejado un poso extraño. Clara está en un puesto del que yo no me moví durante años, con el que me encontré satisfecha mucho tiempo y en el que aprendí buena parte de lo que se del oficio. Quizá por eso me sorprende su ligereza, su vitalidad para cambiar.

No puedo evitar pensar que el trabajo que tiene ahora es, para su edad, más de lo que merece. Sé que es una idea incómoda, poco elegante incluso, pero es honesta. Tal vez confundo mérito con resistencia, o experiencia con permanencia. Aun así, la idea de que se quiera irse me descoloca.

La semana que viene tenemos reunión con un cliente. La prórroga de un contrato grande, de los mayores. El responsable de marketing es un hombre del que, de un modo indirecto, he hablado ya en este diario. Siempre ha sido galante conmigo, con ese tono amable, ligeramente excesivo, clásico, que no cruza ninguna línea pero las dibuja todas. Después de la reunión comeremos juntos. Es, en teoría, una comida de trabajo.

No pasa nada más allá del pensamiento, y sin embargo el pensamiento está ahí, anticipándose, metiendo el dedito. Me inquieta de un modo leve, casi agradable, como esas novelas ligeras en las que el último párrafo del capítulo te deja con ganas de más. Esas que mi marido cree apropiadas para mí y, aunque me irrite, acierta. Me observo a mí misma pensando, algo ridícula, infantil, o solo viva. He decidido, por pudor, no hablar más del asunto hasta ese día. Sospecho que este tono adolescente no favorece nada a mi personaje, pero, como dice mi hijo, es lo que hay.

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