Narrador 13/01/2026

Tengo la pulsión de la metaliteratura, así que entro en el diario de un modo quizá precipitado. Me justificaré diciendo que es martes y trece, y que este momento de placer puede enjugar el de mala suerte que me acecha en la calle.

Estoy en una cafetería escribiendo esto. Como a uno de nuestros protagonistas, me gusta hacer cosas en cafeterías además de tomar cafés. En esta, próxima a la zona universitaria y con cierta sofisticación, algunos muchachos con buenas asignaciones semanales toman sus consumiciones, y otros tipos, con chaquetas largas de paño colgadas en las traseras de sus sillas, leen o escriben en sus portátiles. Tal vez alguno esté escribiendo La Gran Novela Americana.

Me imagino que alguien, con disimulo, mira de reojo mi pantalla, y que de ahí acude, en la pequeña pantalla de su teléfono, un IPhone, o un Xiaomi chino, o un Samsung surcoreano, eso me da igual, a Google a investigar qué es esto que estoy haciendo y encuentra mi blog. ¿He dicho «mi»? Si, lo he dicho. Pido disculpas. Hija, discúlpame. Y esa semilla, esa mirada furtiva al trabajo ajeno, se convierte, gracias a los mecanismos de procesamiento de los centros de datos y a los miles de millones de kilovatios-hora que emplean para mí, en decenas de visitas, que luego son cientos, luego miles, y luego más aún, alcanzado esto, cuya calidad literaria es ínfima, más lectores de los que mis libros, relatos y cuentos, publicados o no, todos juntos, alcanzaron o alcanzarán famas. Y no se si esto debería alegrarme, pero lo cierto es que me entristece.

Disculpen la intromisión. Como apenas hay lectores, terreno en el que, por lo anotado antes, me siento como pez en el agua, el daño es pequeño.

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