Me gusta trabajar.
No debería sorprenderme, pero siempre lo hace un poco. El saludo de la gente, los cafés rápidos en la máquina, el ruido de fondo de teclados y las conversaciones poco importantes, de mantenimiento. Mi equipo me ha recibido con alguna de esas bromas que solo se entienden aquí, pero a la vez con cierta distancia, la que marca la jerarquía. Seguro que a mis espaldas me critican, lo que me parece absolutamente correcto. Soy respetuosa con los protocolos. Por cierto, por si mis palabras llevasen a alguien ha engaño, cuando digo mi equipo, es decir, cuando hablo de subordinados, me refiero a cuatro personas.
He tenido una reunión larga por la mañana, con otros jefes de medio pelo como yo. De esas en las que se habla mucho para llegar a conclusiones razonables, no brillantes, y en las que los acuerdos ya se conocen antes de entrar. Me gusta ese tipo de eficacia modesta. He intervenido lo justo. He notado que me escuchaban. También eso reconforta.
Uno de los chicos nuevos de otro departamento —no sabría decir si nuevo del todo o simplemente joven— me ha preguntado mi opinión sobre un informe. Me ha mirado mientras hablaba. No de una manera obscena, pero si intensa. O simplemente con atención. Me he descubierto modulando la voz, eligiendo palabras con más cuidado. No sé si es coquetería o pura profesionalidad afinada por los años. Probablemente las dos cosas.
A la hora de comer los de la reunión hemos ido al restaurante de abajo. Menú ejecutivo (veintidós euros) a cuenta de la empresa, que nos sugiere, u obliga, a tener estas comidas al menos una vez al mes. He pedido pescado, algo seco. La única entre esos señoros y sus trozos de carne al punto. He hablado de mis hijos sin dar demasiados detalles. No me gusta que mi vida familiar se convierta en un rasgo definitorio. Sobretodo hemos hablado de trabajo, de los proyectos que vienen este año. Nos han subido el sueldo un dos por ciento, a nosotros y a los demás.
Por la tarde he trabajado concentrada, feliz. Hay días así, en los que estás en paz con lo que te rodea.
En casa todo ha seguido su curso. Mi marido ya estaba cuando he llegado, después de su paseo por la ciudad. Bueno para la salud cardiovascular, dice cuando intuye que lo vemos solo como un paseo aburrido, lo que implica también un hombre aburrido. Escucha podcast con unos auriculares con cable. Nadie lleva ya auriculares con cable, pero el dice que son mejores, sin dar motivos. Me pregunto en qué tipo de anciano se convertirá. He preguntado a mis hijos por el día de cada uno. Respuestas correctas, escuetas. No me han preguntado por el mío, como corresponde.
Dicen que el tercer lunes de enero es el blue monday, el día más triste del año, pero el segundo no ha estado nada mal.