Sábado. He dormido un poco más de la cuenta. Bien, varias horas seguidas. Se habla mucho últimamente de la calidad del sueño, supongo que de mano de las farmacéuticas. La lucha contra el envejecimiento está de moda, por fin reconocemos que ese es el gran tema de la humanidad, siempre que no creas, o no confíes demasiado, en un alma eterna que se separe de tu cuerpo cuando este no sirva. Hablando de cuerpos, he ido al gimnasio después de desayunar, casi sin esfuerzo, como si el mío me lo pidiese. El fin de semana el ambiente es más disperso, hay menos gente joven. La gente joven en los gimnasios es molesta, y algo exhibicionista. O así lo veo yo.
Mientras hacía estiramientos he pensado, sin buscarlo, en esto que estamos escribiendo. En el compromiso. En la frecuencia. Cada dos días. No es pesado, exactamente, pero empieza a ocupar un lugar. Como una cita que no has pedido y que, sin embargo, cumples.
No me gusta escribir con una finalidad que no controlo del todo. No saber quién lo lee, si alguien lo lee, o si sirve para algo más que para dejar constancia de mi vida. Me resulta parecido a algunas reuniones de trabajo en las que nadie sabe muy bien por qué está ahí, pero todos toman notas por si acaso, o para que se les vea haciendo algo.
Si esto no fuera por mi hija, probablemente habría abandonado ya. Por mi hija daría todo, sin preguntar. Es maravilloso ser madre, aunque también es una trampa. Ser madre hace que te engañes pensando que su vida justifica la tuya. Da igual, si mi hija me lo pide yo lo hago. No obstante, a veces me siento algo ridícula recordando cosas que he escrito en el último mes. ¡Un mes ya! En cuanto le doy a enviar, el texto deja de pertenecerme. Así funciona esto, sea lo que sea. Tampoco el resto del día suele traer cosas más emocionantes.
Después del gym me he ido a tomar algo con mi amiga Mapi, también del gym. Íbamos con nuestra ropa de deporte y el pelo recién lavado. Hacía sol, y nos hemos quedado en una terraza, porque mi amiga Mapi a veces fuma. Nos lo hemos pasado bien, haciendo confesiones. Las mías, pequeñas; las de ella, no tanto.
En casa he hecho cosas de fin de semana: una lavadora, ordenar cajones, ver la televisión. Actividades que no dejan rastro. Me reconfortan más que estas palabras que, sin embargo, quedarán. No sé dónde. Me hubiese apetecido que mi marido me propusiese salir a tomar algo, aunque fuese por aquí, a un bar del barrio. Un vino y un par de pinchos. Pero como no decía nada me he puesto a preparar la cena. También lo podía haber propuesto yo, desde luego, pero lo que quería era que lo hiciese él. Estaba con el libro que le trajeron los Reyes, casi se lo ha acabado ya.
He escrito esto rápido, pero no puedo evitar corregirlo. Dedico más tiempo a corregirlo que a escribirlo. También eso dirá algo de mí.