He leído varias noticias sobre Venezuela a lo largo del día. No seguidas. Sueltas. En el móvil, en la radio del coche, en una web mientras esperaba que se cargara otra cosa.
No he sentido sorpresa. Tampoco indignación sostenida, a pesar de que a mi me parece intolerable esa agresión a un país, y Trump un tipo con el que todos, de algún modo, podemos considerarnos en peligro. Pero lo que más me ha inquietado es eso: la facilidad con la que todo encaja en un patrón ya conocido. Crisis. Deriva. Declaraciones. Reacciones tibias. El mundo continúa. Una semana de noticias es ya demasiado tiempo. Los venezolanos exiliados, de los que en esta ciudad hay miles, parecen contentos, al fin y al cabo, aunque nunca son ellos los primeros a los que se va a preguntar. Es curioso eso; son más importantes las declaraciones del alcalde de Valladolid sobre el asunto, que lo que piense un ciudadano de Villaverde que tuvo que huir de Maracaibo.
Antes estas cosas parecían excepcionales. Ahora son fondo. Ruido de baja intensidad que acompaña mientras uno hace la compra o responde correos. Los periódicos dedican ya más espacio a la financiación de Cataluña que a cualquier otra cosa.
Me he preguntado en qué momento nos hemos acostumbrado. No como sociedad abstracta, sino yo, concretamente. En qué punto he aprendido a leer el horror con la misma atención con la que leo el tiempo o los resultados deportivos. No es falta de empatía. Es otra cosa. Una especie de adaptación. El cuerpo y la cabeza ajustándose para poder seguir funcionando. En el trabajo los compañeros, votantes en su mayoría de Ayuso, o desencantados políticos que pasan de votar, pero no de opinar cuando huelen sangre, hacen bromas sobre dónde está Zapatero. Me hacen bromas, más bien. «Tu amigo Zapatero», dicen, como si hubiese desayunado con él. He de reconocer que, lejos de irritarme, también me entretengo con estos teatrillos laborales. La planicie de la vida del funcionario de oficina es receptiva a cualquier pequeña alteración. A las grandes no, por eso somos funcionarios, porque el sentido de la vida es la estabilidad.
Por la tarde he salido, de nuevo, a andar un rato. Volver casa antes de las cuatro y que mi familia venga tres horas después establece un territorio franco que ocupar. Ciento ochenta minutos para hacer cosas como caminar, ver la tele o mirar en el móvil cómo va la bolsa. El barrio estaba igual que siempre. Gente paseando al perro, niños jugando, una pareja discutiendo en voz baja. Cafecito en el bar de la camarera guapa y demasiado joven. Cero fantasías. Nada indicaba que en otro lugar el orden estuviera resquebrajándose.
El mundo no es cruel: es indiferente. Y esa indiferencia no siempre nace de la maldad, sino de la imposibilidad material de sostenerlo todo a la vez. Esas cosas se piensan mientas tomas cafés en bares de barrio. La banalidad del mal, como se sabe, es cosa de funcionarios que hacen lo que se les manda hacer.