Hija 8/01/2026

Mis padres me han inculcado que estudiar es una inversión para mi futuro. El problema es que ellos entienden esta inversión desde un plano económico. Estudiar te permite un empleo mejor que otros empleos, en el sentido de que será más intelectual que físico. Este mejor empleo te permitirá unos ingresos suficientes, que a su vez te permitirán una vida normal; encontrar una pareja, una vivienda, una estabilidad, y la posibilidad de una familia que justifique un desarrollo vital consistente en llevar una vida ordenada que trasladar a tu prole. No lo enuncian así, claro. Lo esconden, dicen cosas como «debes estudiar lo que te guste», o «lo importante es tener una buena base cultural», cosas así. Pero lo que piensan es lo acabo de decir. Adaptación al medio. Es como la teoría de la selección natural de Darwin llevada a la ciudad.

Y lo cierto es que les hago caso, estudio, y me gustaría dedicarme a esto, probablemente por otros motivos, como aportar cosas al mundo, al conocimiento, o tener un nombre reconocible en una disciplina. Pero tengo la duda de si es esto lo que procura lo otro, o, como me temo, es al revés.

En resumen, que estos días estoy tomándome en serio lo de estudiar. No hay clases, pero tampoco hay descanso. Un tiempo suspendido en el que todo gira alrededor de fechas, temarios y la sensación de que nunca es suficiente. Para mí es una competición; mi objetivo es ser mejor que los demás. Así de sencillo.

Estudio en bloques. Subrayo. Repaso. Memorizar, olvidar, volver a memorizar. A ratos tengo la impresión de que no estoy aprendiendo nada, solo entrenando para pasar filtros, porque, en realidad, de eso es lo que se trata. Nos lo dijo un profesor, aquí aprender no es lo importante, aunque os hayan dicho mil veces lo contrario, sino procurarte una posición en la estructura que más adelante te permita aprender de verdad. Einstein escribió su teoría de la relatividad mientras trabajaba en una oficina de patentes, no en la uni.

He hablado con mi amiga X, la podemita de la manifestación (en el anterior correo evite esta palabra, pero ahora no, habrá que ir soltando lastre en algún momento si quiero que este diario, que es mío, sea lo que debe ser). Después de discutir, sin demasiada vehemencia, nos hemos ido con la sensación de ser más amigas que antes. Con el compromiso, como aspirantes a intelectuales, de reflexionar sobre lo que la otra piensa. Pero ahora lo importante es acumular los parrafitos que salen en los libros y cuadernos. Tengo la cabeza llena de conceptos que desaparecerán en cuanto vuelva el último folio. Se trata de alargar esto, y que desaparezcan una hora después del examen. Es una pena, pero el sistema es así. Los profesores insisten en que lo importante no es memorizar, sino entender bien los conceptos para poder compararlos entre si, y leer la bibliografía que nos dan. Es mentira, se trata de memorizar. Muchos profesores están abandonando el Plan Bolonia y vuelven al examen tradicional, por miedo a que los trabajitos con los que antes tenían que aprobarnos los haga una inteligencia artificial. «Tengo al menos que poder comprobar que habéis aprendido algo», se justificó mi profe favorita.

Por la tarde he estudiado en la biblioteca del barrio con una amiga. Silencio denso. Gente joven con la misma cara de cansancio concentrado. Nadie habla. Los que fuman salen a fumar a la calle. Bibliotecarias con gafas y piel pálida, como pide el guion. La biblioteca como refugio para no estar en casa. Deberían pertenecer a la concejalía de Servicios Sociales, y no a la de Cultura. Para unos días me gusta este ambiente.

Cuando he salido, bien entrada la noche, el mundo seguía ahí. Igual. Pase lo que pase fuera, ahora mismo mi única obligación es no fallar aquí dentro, hacer lo que pide papá y mamá.

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