Padre 6/08/2026

Hoy es Reyes. Nos hemos levantado más tarde de lo habitual. Hemos traído los regalos y los hemos dejado ordenados en el salón, junto al árbol de navidad, como si el orden pudiera compensar la pérdida del ritual antiguo. Echo de menos el ruido de antes, pero no lo suficiente como para decirlo en voz alta.

Mi mujer me ha regalado una chaqueta de lana y un libro, La península de las casas vacías, del que había escuchado hablar y del que probablemente habré hecho algún comentario en casa. Lo he abierto para ver cuántas páginas tenía; setecientas. Mi mujer ha sonreído con sinceridad. Yo también. Hay una edad en la que recibir deja de ser una sorpresa y pasa a ser una confirmación: te conocen, o al menos saben qué versión de ti circula. Yo le he regalado una chaqueta de cuero. La compró hace más de dos meses, un sábado por la mañana, al cincuenta por ciento. Esta para reyes, me dijo. Yo, como sorpresa, le he comprado otro libro, La señora March. Le gusta ese tipo de lectura.

El regalo conjunto de nuestros hijos ha sido una cena para dos en un restaurante. Un bono regalo con un diseño muy recargado. Bueno. Bonito. De los que salen en las guías. He notado un ligero orgullo en ellos al dárnoslo, como si hubieran acertado en algo importante. Y lo han hecho, pero no exactamente donde creen.

Nos gusta la idea. Eso es lo incómodo. Nos gusta porque es una imagen: una pareja que sale a cenar, que se mira, que conversa sin interrupciones. Supongo que ellos quieren vernos así. O quieren pensar que somos así, aunque no lo vean nunca. Un cliché tremendo, por otra parte, pero lo cierto es que últimamente apenas vamos a restaurantes, y menos los dos solos. Al cine, alguna vez al teatro, y poco más. Sitios en los que puedes estar un par de horas sin hablar.

Mi mujer ha dicho que qué buena idea. Yo he asentido. Luego nos hemos mirado un segundo de más. No ha sido una mirada falsa, pero tampoco una promesa. Más bien un reconocimiento: sabemos lo que están intentando regalarnos.

No sé cuándo iremos. Tal vez tarde. Tal vez nunca. O tal vez sí, y sea agradable, y volvamos a casa comentando el vino y el postre como si eso bastara para confirmar algo. No lo sé. El regalo funciona precisamente porque no exige nada inmediato.

Tema pendiente. Ayer, día 5, en bolsa no pasó nada relevante. Algún movimiento mínimo, ruido, titulares reciclados. Casi ha sido decepcionante, después de tanto temor. El mercado también vive de la expectativa, como los niños esta noche pasada. Espera algo grande que casi nunca llega, y aun así se levanta cada mañana. Me tranquiliza esa normalidad. Las noticias pueden tener una gran carga simbólica, pero el dinero es el que sabe medir con certeza.

Por la tarde he pensado en el restaurante. En la mesa, en la luz, en mi mujer frente a mí. En los años en los que pasaba por el restaurante a mirar en la fachada el precio de los platos antes de sorprenderla. Es un regalo generoso, un poco ingenuo. He mirado en el móvil las críticas al restaurante, que son bastante buenas. Me he sentido algo incómodo, como cuando buscas en internet el precio de algo que te han dado. El restaurante, por otra parte, no es de la pléyade de locales modernísimos que han aparecido en la ciudad en los últimos años, sino uno de los sitios elegantes de siempre, tal vez algo rancio para ellos, con madera en las paredes y camareros con chaleco. Si, de esos que tienen fotos en las paredes con famosos, muchos de los cuales ya murieron. No voy a sacar más conclusiones de las necesarias.

No ha sido un mal día. Los Reyes, como siempre, traen lo que pueden.

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