Reyes siempre me ha parecido una fiesta extraña, un epílogo largo de algo que ya terminó. Demasiada comida, demasiada familia, demasiadas frases que empiezan por “cuando erais pequeños”. Por otra parte, ¿es posible creerse en el año 2026 una historia así? Habría que actualizarla; cambiar el incienso por criptomonedas y la mirra por chocolate de Dubai.
Me han regalado unos auriculares inalámbricos y una sudadera ancha, de esas que parecen robadas a alguien más grande. Marca Vans, con capucha. Me han gustado los dos regalos. Los auriculares porque los necesitaba de verdad; la sudadera porque es cómoda y no dice nada de mí. Eso me tranquiliza. Odio los regalos que parecen una definición. Mi madre sabe lo que me gusta, hay que reconocérselo.
El regalo conjunto a mis padres ha sido idea nuestra. Una cena romántica. Lo escribo y ya me da un poco de pudor. No porque esté mal, sino porque es exactamente el tipo de cosas que se supone que hay que regalar a una pareja. Mesa, vino, conversación. Como si eso bastase para activar algo.
Cuando se lo hemos dado han puesto cara de sorpresa educada. Les ha gustado. Eso es lo peor: que les haya gustado. Como si durante un segundo hubieran entendido lo que queríamos decir sin decirlo. Que nos gustaría que fueran eso. Una pareja enamorada, no solo dos personas que funcionan bien juntas.
No es que creamos que estén mal. No discuten, no hay drama, no hay gritos. Pero tampoco hay nada que se parezca a una película, ni siquiera a una mala de esas que ponen después de comer los fines de semana. Y sé que esto suena infantil, pero una se cría viendo historias donde los padres todavía se desean, y luego mira a los suyos y no sabe muy bien qué hacer con esa diferencia.
Mi hermano ha sido más práctico. Él siempre lo es. “Les gustará”, ha dicho. Y ya. Supongo que tiene razón. A veces pienso que complico las cosas porque necesito sentir fuerte. Tendré tiempo de aceptar lo tibio.
¿A qué edad dejé de creerme a los Reyes Magos? Creo que a los ocho años.
Mañana vuelvo a la facultad. No hay clases, pero hay exámenes y hay que estudiar. Volver a ver a gente fuera de estas cuatro paredes. Tengo ganas de empezar. X, que acabó la nochevieja en el sofá de un tipo bastante mono (me gusta poner estos detalles morbosos), ya me ha pedido si le podía dejar los apuntes. En una semana tenemos el primer examen. Martes y trece.