Madre 4/01/2026

Hoy he ido al gimnasio. No porque fuese domingo, día para el que cualquier relleno es bien recibido, ni por ningún propósito de año nuevo. Me apetecía, y no había obligaciones a la vista. Me gusta el ritual de preparar la bolsa. También me gusta la ropa deportiva de invierno. En los últimos años se ha dado una democratización de la ropa técnica vía Decathlon.

Había bastante gente. Más de la habitual en este día de la semana. Supongo que es una mezcla de vacaciones, ansiedad colectiva y buena conciencia postnavideña. He coincidido con varias mujeres de mi edad, algunas conocidas de vista. Me gusta ese anonimato compartido: nos miramos sin hablarnos, pero sabemos exactamente por qué estamos ahí.

En la clase de fuerza he rendido bien. Mejor que algunas más jóvenes, peor que otras, pero estable. Todas nos miramos de reojo y comparamos, supongo. Me noto fuerte, y no lo digo con orgullo ni con falsa modestia, simplemente como un dato. Hay un momento concreto, cuando levantas peso y el cuerpo responde, en el que desaparece casi todo lo demás. Solo respiración y repetición. Me resulta profundamente tranquilizador.

No me gustan los cuerpos de mujeres demasiado musculados. Me parecen repulsivos y poco femeninos, aunque esto suene a algunas, o algunos, carca y retrógrado. Es así. Me gusta el cuerpo tonificado, ágil, que no le importe ponerse en marcha cuando se le requiera. Tampoco los hombres demasiado musculados me resultan atractivos. Hay un punto en el que se nota que ese músculo hinchado tiene detrás adicción y batidos.

En los vestuarios he escuchado conversaciones ajenas. Dietas, hijos, una separación reciente, una rodilla que ya no es la misma. Nada extraordinario. Me he mirado al espejo sin demasiada severidad. No estoy como a los treinta, claro, pero tampoco me siento fuera de juego. Hay algo reconfortante en comprobar que el cuerpo todavía obedece, que no se ha rendido antes que tú. Mens sana in corpore sano. Llevo unas zapatillas marca Asics, y hace poco me enteré que eso es lo que quiere decir. Me agrada mucho el rato en la ducha, con otros cuerpos al otro lado de la mampara. Nos tomamos nuestro tiempo para secarnos y observarnos. Las chicas jóvenes se duchan menos que nosotras.

Al volver a casa he entrado en una tienda, solo por mirar. Los comercios abiertos en domingo tienen una atracción especial para el consumidor militante. Los regalos están ya comprados. He pensado en Reyes, en los niños cuando eran pequeños, en cómo esa ilusión se va desplazando de sitio sin desaparecer del todo. Es inevitable elegir fragmentos felices del pasado.

En casa estaban todos, pero cada uno a lo suyo. Mi marido en la cocina con la radio en el móvil, mi hijo en el sofá con un libro —me ha sorprendido verlo leer— y mi hija encerrada en su cuarto. La casa es un pequeño mapa, con sus fronteras y su diplomacia.

Me gusta la sensación de volver a casa con el cuerpo agotado. Caminar por la calle con el olor del gel encima, notando el frío en la cara. Mi marido ha preparado la cena, pescado a la plancha. Hay que ir vaciando el congelador, ha dicho. He pensado en este equilibrio que tengo ahora; ir al gimnasio, trabajar, estar en casa con mi familia. Suena más a triunfo que a fracaso. ¡Hay tanta miseria alrededor! Pero también hay deseo, otro músculo que siempre hay que entrenar.

No necesito más de este domingo. Aprobado alto.

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