Domingo. He desayunado con la radio puesta y el móvil cerca, como si en cualquier momento fuese a pasar algo decisivo. La noticia lo ocupa todo: la detención de Nicolás Maduro en Caracas. Las palabras se repiten —histórico, giro, tensión internacional— y cada tertuliano coloca el suceso en su eje ideológico correspondiente, como si fuese una ficha más en un tablero que ya conocen de memoria. Los tertulianos de televisión parecen caricaturas de algo, cuando no meros bufones. Sin embargo, los de la radio han logrado mantener cierto estatus. A veces son los mismos, pero el criterio anterior se mantiene.
Entiendo la importancia del asunto. No soy ajeno a lo que significa, ni política ni simbólicamente. Tampoco ignoro el sufrimiento real que podría haber detrás, ni las consecuencias que puede tener para mucha gente. Y sin embargo, mientras escucho, noto cómo mi cabeza se desplaza sola hacia otro sitio. No hacia la ética ni hacia la historia, sino hacia el lunes. Hacia la apertura de los mercados.
Mañana es cinco de enero. Vuelve la bolsa después del fin de semana. Y lo que de verdad me inquieta es cómo va a reaccionar. Si habrá nerviosismo. Si el petróleo sube o baja. Si alguna de las empresas en las que estoy metido va a resentirse o, por el contrario, va a beneficiarse del desorden. Intento leer entre líneas, aunque sé que no tengo formación suficiente para hacerlo con rigor. Macroeconomía de bar, pero con dinero real en juego. Una noticia así puede suponer perder un diez por ciento de mi capital. O más. La cuestión es que no tengo ni idea.
Me molesta descubrirme ahí. No porque crea que esté mal preocuparse por el dinero —a estas alturas ya no voy a fingir otra cosa—, sino porque constato una distancia incómoda entre lo que debería importarme y lo que efectivamente me importa. Hay una disonancia que no sé resolver. La política como ruido de fondo, la economía como amenaza concreta. Por supuesto, en este país hemos pasado de ser todos entrenadores de la selección a ser expertos en geopolítica. De un modo u otro, todos somos tertulianos.
Parece que la comunidad venezolana de este país, supongo que, de un modo más o menos directo, principalmente exiliada, va a salir a la calle a celebrarlo. Otros saldrán a denunciar la situación. Todos hacen su esfuerzo por trabajarse una identidad. La mía es inconfesable, temo por ese diez por ciento. Quiero la paz en el mundo, si, pero sobretodo salvaguardar mi diez por ciento.
Por la noche he cenado ligero, verdura con patata. He notado a mi hija algo irritable, más habladora de lo normal, y a mi mujer en su calma habitual. Mañana será día de compras de Reyes, calles llenas, bolsas, niños nerviosos. Y yo, entre tanto, estaré pendiente de una pantalla que se mueve en verde o en rojo.
No sé si esto me define más de lo que me gustaría. Pero es así. Y escribirlo no solo no lo corrige, sino que, aunque sea solo aquí, deja constancia.