Hoy haré un texto algo distinto.
Empezaré por las quejas. He dormido mal, pero no por resaca. Eso fue hace dos días. Por la mañana he salido a comprar el pan con mi padre, y hemos hablado un poco. Me pregunto si, en el caso de que él fuese un chaval de mi edad, podríamos ser amigos. Y creo que si, que podríamos serlo. Uno de esos amigos poco intensos de los que te puedes alejar sin ningún drama, como sospecho que soy yo para la mayoría de los míos. Le gusta comprar el pan en una panadería de verdad, y no en el supermercado. Eso está bien, pero estaría mejor si sus caprichos fuesen algo más que estas insignificancias. Hay que proteger el pequeño comercio, me ha dicho. El guerrero del pan de espelta.
Lo distinto. Por la tarde me he puesto a leer Bartleby, el escribiente. Me acordaba del texto, pero no de los detalles. Nos lo recomendó un profesor en la universidad, en una asignatura que ya no sabría nombrar. Era de esos que hablaban despacio y no parecían necesitar gustar. Lo conseguía. Dijo algo así como que Bartleby era una forma extrema de resistencia, o de rendición, no recuerdo bien. Me acordaba sobre todo de la frase: preferiría no hacerlo. Me sigue pareciendo una frase elegante y peligrosa, de esas que pueden quedar bien en una camiseta.
Lo he leído todo de una sentada, algo que no hacía desde hace tiempo. No es largo. Tampoco es fácil. No pasa gran cosa, y sin embargo pasa algo todo el rato. Bartleby no se rebela, no se explica, no se va. Simplemente está ahí, negándose sin aspavientos. Me pregunto si eso es valentía o pura inercia. O si da igual. Hay algo tranquilizador en no tener que justificar cada gesto, pero también algo inquietante. Yo no puedo preferir no hacerlo. Yo voy a trabajar mañana, y punto. A un trabajo de mierda, por si no lo he dejado suficientemente claro.
Me ha gustado que no haya moraleja clara. Que el jefe no sea un villano, que Bartleby no sea un héroe. Todo es más gris. Más cercano. Mientras leía pensaba que, en el fondo, yo tampoco estoy enfadado con nadie. Tal vez cansado antes de tiempo.
He cerrado el libro cuando ya oscurecía. Dicen que es bueno leer, y seguramente es cierto, aunque también creo que está sobrevalorado. Se puede llegar lejos sin leer un libro. Hay cientos, miles de ejemplos. En cualquier caso, ha sido una buena experiencia, y por eso me apetecía contarla. En casa estaban mis padres, cada uno en su cosa, sin molestarse demasiado. Las últimas páginas me las he leído en el sofá, para que me viesen en tan loable actividad. He calentado algo para cenar y he dejado el libro en la mesa del salón, a la vista, junto al periódico de mi padre.
Mañana vuelvo al trabajo. Preferiría no hacerlo. Pero lo haré. Final previsible.