Caro diario, ayer fue Año Nuevo, pero hoy es cuando el año empieza de verdad. Nochevieja estuvo bien. No lo de casa, sino lo de después. Magnífica noche, de la que no me apetece hablar. Solo diré que fuimos malas. La gente iba elegantísima, mucho tirante, mucho tacón. Somos escandalosamente jóvenes, y cumplimos con todos los estereotipos. Mi amiga la rubia es un imán, desde luego. En el garito sacaron minis de jamón a las cuatro, y comimos como cerdas. Una tía anoréxica de metro ochenta se partió un tacón y creo que se partió también la nariz. Que se joda. Anécdotas. Hicimos un montón de fotos. Volví tarde, casi de día, en taxi, como le gusta a papá, y dormí hasta la hora de comer. Hoy también me he despertado tarde, con esa mezcla rara de cansancio y calma. Viernes y no hay clase. Haré deporte. El año por delante parece enorme.
Una nota: mi padre se lo curra mucho en Navidad. El resto del año no tanto. No hace ni una concesión a que podamos pensar que estas fechas le torturan.
He pensado en mi madre, le sigo dando vueltas a la discusión del otro día, y a cómo a veces me sale una dureza que no sé muy bien de dónde viene. No le he dicho nada todavía. Debería pedirle perdón.
Ahora estoy en mi cuarto. He recibido unos cuantos wasaps, y he estado dándole al scroll antes de decidirme a escribir. Puedes notar como esos vídeos de mierda te destruyen el cerebro, pero es ese mismo cerebro el que te pide otro más. Mi madre me ha dejado plegada en la cama la ropa de la Nochevieja para que la coloque en el armario. Ha conseguido quitar el lamparón de ron cola a la altura del pezón derecho. Ahora solo parece una vulgar tela. Supongo que eso también forma parte del juego: algunas cosas solo funcionan en el momento exacto. Después son ruinas.
Caro diario, que quiere decir querido diario, es una peli italiana que le gusta a mi padre.