Padre 2/01/2026

Año nuevo, mismos hábitos. Resumen técnico: en Nochevieja estuvimos en casa, tranquilos, con la suegra. Muy bien. Mi suegra contó algunas anécdotas de su juventud que ya nos sabíamos de otras ocasiones, pero tuvo el cuidado de incluirme siempre en la conversación. Se le nota, por otra parte, su predilección por mi hija. El único momento incómodo fue la videollamada de mi cuñada. Estaba en el pueblo de su marido, con un montón de amigos con los que se juntan cada año. Desde allí nos gritaba feliz año nuevo. Se notaba el ambiente de fiesta, incluso el cuñado apareció por detrás y le dio un beso en la boca, que nos sorprendió a todos. Apenas se oía lo que decían. El cuñado desapareció de la pantalla y volvió con mis sobrinos, que también nos felicitaron el año a gritos. Al otro lado estábamos nosotros, esperando las uvas desde hacía ya un rato, forzando la sonrisa para situarnos en el mismo plano. Por suerte, con la excusa del ruido, la llamada duró poco. Pero, como digo, fue una buena Nochevieja. El Año Nuevo también muy bien, cumpliendo el guion. Hasta me atreví a confesar que parte de la culpa del excelente sabor de la sopa tenía truco: compré un fumet de marisco ya hecho.

Hoy es viernes y no trabajo. Pero he madrugado mucho para llevar al polígono a mi hijo, que no libra ni un día estas navidades. Deseo de un modo intensísimo que apruebe unas oposiciones, que progrese en el escalafón social. El título de funcionario tiene algo de medieval, te otorga unos privilegios cuyo fundamento nadie conoce ni cuestiona. He aprovechado el madrugón para dar un buen paseo matutino, con las calles casi vacías. Dos horas caminando a buen ritmo. Un ejemplo para los gurús del envejecimiento, que ahora abundan, o que, por el algoritmo que nos domina, acuden a mí teléfono. Después me he ido a una de las cafeterías habituales que, como mi hijo, tampoco cierra en navidad. Y aquí me ha pasado algo curioso que quiero contar. No se muy bien con qué ánimo lo hago, pero sospecho, como creo que ya he dicho en algún momento anterior, que estoy condicionado con la vertiente literaria que necesariamente tiene este compromiso de escribir, que a su vez impone la noción de personaje. Soy yo, pero también soy mi personaje y, aunque se trate aquí de ser fiel con uno mismo, es decir, de escribir un diario, también creo que siempre habrá una involuntaria distancia entre lo que soy y lo que aquí describo. La anécdota: en el bar estaba la camarera de siempre y una nueva. Supongo que la habrán contratado con el comienzo del año. La camarera habitual le estaba explicando alguna cuestión de la caja registradora. Al acabar, la nueva se ha vuelto y me ha preguntado que qué quería. Era muy joven. Y atractiva, a pesar de lo incómodo que hoy supone decir que alguien es muy joven y a la vez atractivo, pero el caso es que lo era. De la edad de mi hija, por ejemplo. He pedido un cortado y un churro, y me ha cobrado dos. He pensado en decirle que se había equivocado, que me había cobrado de más, o que me pusiese otro churro y así no había que corregir nada, pero me ha dado vergüenza hacerlo. No he dicho nada. He cogido mi café y mi churro y me he ido a la mesa que ocupo habitualmente. He pensado en que esa actitud probablemente se habrá extrapolado a otros momento de la vida menos superfluos, que esa timidez infantil me habrá hecho perder oportunidades frente a otros; el hombre es un lobo para el hombre. El caso es que no he reclamado. Pero he pensado que hacer esta pequeña reflexión en mi diario lo compensaba. De algún modo, escribirlo rentabiliza el acontecimiento. Así he fabricado una justificación, y me la he creído, porque, a fin de cuentas, en la vida no me ha ido tan mal.

La primera noche del año la pasé intranquilo, esperando que los chicos volviesen bien. No me acostumbro a sus noches. Cada vez que escucho el ascensor en el silencio del edificio espero a comprobar si la carga es para mí. Volvieron los dos sanos y salvos, claro. Mi hijo calentó algo en el microondas antes de echarse a dormir.

Tras el café he vuelto a casa. He dejado el coche en el garaje, pero en vez de subir he vuelto a salir a la calle, hacia la boca del metro. Me apetecía ir al centro a ver el bullicio de estas fechas, aún en un día laboral. Por la tarde no ha pasado nada especial, el día dos de enero solo sirve para ir asimilando que donde antes ponía 25 ahora pone 26.

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