Madre 2/01/2026

Ayer fue Año Nuevo y hoy ya es otra cosa. Año 2026. Recuerdo cuando llegar al cambio de siglo, lejanísimo, me parecía el umbral tras el que quedaba la vida adulta. No me he levantado especialmente tarde, pero sí con sensación de descanso. He mirado en el móvil si en el gimnasio había clase de pilates y he reservado plaza. No soy de esas que van al gimnasio el día dos de enero porque han decidido que de este año no pasa lo de cambiar ese cuerpo. Yo voy todo el año, menos de lo que me gustaría, y a mi cuerpo no le pasa nada. Si pongo el brazo en posición horizontal, no hay apenas carne colgando. La Nochevieja la pasamos en casa, como estaba previsto, con mi madre. Cada año dice que será el último que aguante hasta las uvas, y cada año aguanta. Cenamos bien, sin excesos, y brindamos con una naturalidad casi mecánica. No estuvo mal, ni especialmente bien.

Mi hermana cenó con amigos en el pueblo de su marido. A las once nos hizo una videollamada. Nosotros habíamos terminado de cenar una hora antes. Se le veía chisposa, y con un horrendo adorno navideño en la cabeza. A las doce y cinco mando una foto borrosa, con mi cuñado, risas, copas levantadas. Me alegré por ella. También pensé, no sé muy bien por qué, que yo ya no me veo en ese tipo de mesas largas con gente que habla a la vez.

Durante la tarde recibí varios mensajes de clientes deseando feliz año. Es curioso cómo se mezclan los registros: trabajo, afecto, cortesía, algo que roza lo personal sin llegar nunca a serlo del todo. Uno de esos mensajes me hizo sonreír más de la cuenta. No pasó nada, ni siquiera hubo respuesta inmediata por mi parte, pero me quedé un rato con el móvil en la mano, releyéndolo. Pensé en lo fácil que sería cruzar una línea sin que nadie lo notase. Pensé también en lo innecesario. Ambas cosas son ciertas, y eso es lo inquietante.

A las doce y media todos se fueron. Mis hijos a sus fiestas, y mi marido a llevar a mi madre a su casa. Tardó tres cuartos de hora en volver. Me quedé sola en el sofá, tremendamente relajada, con una copa del champán sobrante, viendo el Cachitos de La2 como buena quincuagenaria, y me quedé dormida. Cuando mi marido volvió no me enteré, ni él me despertó.

El día de Año Nuevo fue una repetición del de Navidad. Mi marido preparó una reconfortante sopa de marisco. Mis hijos se levantaron a la hora de comer, en los ojos se notaba la batalla de unas horas antes. Bien por ellos.

Hoy es viernes. Tengo fiesta. Me he preparado un café con calma y he puesto una lavadora. La casa está en silencio. Mi hija está en la cama. Mi marido estará caminando o tomando café. Solo, como le gusta. A veces me pregunto si esta tranquilidad es algo que he construido o algo en lo que simplemente he ido cayendo, paso a paso, sin darme cuenta. No espero más de este día, así que escribo por la mañana, para, por qué no reconocerlo, quitármelo de encima.

Etiquetas