He revisado los diarios de este mes. No como lector, sino como quien pasa lista. Hay algo tranquilizador en comprobar que el mecanismo funciona: escriben, envían, el archivo crece. Nadie se ha salido del marco. Nadie ha intentado romper el experimento. Tampoco lo han embellecido en exceso. Eso es buena señal.
Desde un punto de vista práctico, el balance es sencillo: hay constancia, hay volumen, hay voces diferenciadas. El proyecto no se ha deshilachado. No es poco. Muchos fracasan ahí, en la segunda semana, cuando la novedad se diluye y queda solo la obligación. Aquí no ha pasado. Todavía. Han seguido escribiendo incluso cuando no había nada especial que contar. O precisamente por eso. Auguro que vendrán momentos peores, dada la escasa información que tienen sobre lo que hacen. Tendré que dosificar esa información para que entiendan que sigue habiendo alguien detrás, observando.
He comprobado también las visitas a la página. Pocas. Muy pocas. Algún acceso aislado, alguna indexación automática, y poco más. El grueso de la estadística tiene que ver con mis revisiones. Los diarios, de momento, son anónimos en el sentido más literal: nadie los lee. No circulan. No generan respuesta. Existen en un espacio casi privado, aunque técnicamente público. Me interesa esa contradicción.
No se lo he dicho a ellos, claro. No tendría sentido. Tampoco les he mentido. No he tenido contacto con ellos, ya que esos contactos se darán solo si es necesario. Los silencios también forman parte de este dispositivo.
El anonimato tiene algo liberador, incluso para mí. Nadie espera nada. Nadie juzga. Nadie aplaude. Esto se parece mucho más a escribir de verdad que cualquier otra cosa que haya hecho en años. Y no me excluyo: este diario también es mío, lo dije desde el principio, aunque mi voz aparezca poco. Tal vez por eso mismo.
Soy consciente del lugar que ocupo aquí. No es neutro. Tengo poder. Puedo cortar, corregir, reorganizar, añadir notas estilísticas. Podría incluso cambiar el sentido de algunas cosas si quisiera. A veces lo pienso. No como amenaza, sino como posibilidad estética. El simple hecho de saber que podría hacerlo ya altera la relación con el material. De momento no lo he hecho, el acuerdo es otro. Además, es mucho más interesante observar hasta dónde llegan solos. Soy como un viejo impresor colocando los tipos en la plancha.
Pero tampoco es altruismo. Nunca lo ha sido. Estoy aquí, en gran parte, como ya dije en mi anterior aparición, por vanidad. Porque quiero ver si de todo esto sale algo que me sobreviva un poco. Algo que no sea otro intento fallido de novela, otro archivo en una carpeta con fecha de arrepentimiento. Este formato me protege: no soy el centro, pero tampoco desaparezco. Es una posición cómoda para alguien que ha aprendido a fracasar con discreción.
A fin de año, la valoración es esta: el proyecto está vivo. No brilla. No hace ruido. No importa. De hecho, mejor así. Hay una intensidad baja pero sostenida, que es la única que suele aguantar el tiempo. Lo espectacular envejece mal.
Me apetecía volver a entrar en este momento, cuando el año acaba. No llevamos ni un mes, pero calculo que el material dará ya para una hora de lectura. Esta entrada hace la número cincuenta. Nadie ha fallado durante este mes, lo que he «compensado» mejorando la página, pasando a una cuenta de pago que me ha supuesto un pequeño desembolso, pero que hace esto que lees más mío, al vincular cada palabra con mi número de cuenta bancaria. Por supuesto, ningún miembro de la familia es conocedor de esta dirección, que solo yo gestiono y de la que ellos, por lo que a mí respecta, jamás tendrán noticia. Así, además de impresor, soy también editor.
Dentro de cuatro horas termina el año. Ellos lo vivirán como corresponde a lo que la hija insiste en llamar «una familia normal». Yo seguiré aquí, leyendo, ordenando, vigilando desde mi atalaya, mi panóptico, para que nada se desvíe demasiado. El policía del proyecto, sí, pero también alguien que escribe desde el mismo lugar que vigila.
De momento, basta. Todo está en orden.