Hijo 30/12/2025

He salido del trabajo y he quedado a tomar algo con algunos compañeros. El Jose, el Lapas y el Ricardito. Nombres falsos, solo con la intención de darle al relato un punto poligonero y cañí. No estaba planeado, ha salido así. Una cerveza rápida antes de irse cada uno a su casa, que luego se alarga un poco. Me gusta ese momento de transición, cuando el día ya no es laboral del todo, pero todavía no empieza lo demás. Hemos ido al bar del polígono, un local sin otras pretensiones estéticas que las bandejas de pinchos sobre la barra. Joder, también este antro sale en Tripadvisor, y con buenas críticas. Tienen menú del día a quince euros, café incluido. Sigo siendo un actor absolutamente secundario allí, y en todos los sentidos, porque lo poco que digo lo digo actuando. Yo no soy ese que habla, o no lo soy todavía. Me lo he pasado bastante bien, ¿por qué no reconocerlo? Son sencillos y agradables; critican a los jefes y a los políticos con frases previsibles, y se plantean dudas poco metafísicas, como si la semana que viene el coche pasará la ITV.

Este buen rato es también un síntoma. El trabajo sigue siendo lo que es. No es para presumir, ni mucho menos, pero empiezo a notar algo incómodo: dentro de lo que cabe, me está resultando mejor de lo esperado. Eso me preocupa más que si fuera un desastre absoluto. Hay una comodidad silenciosa en cumplir, en no destacar, en llegar a casa cansado pero sin drama. De un modo íntimo, me lo tomo más como una tregua que como una trampa.

Hemos hablado de planes para mañana. Nochevieja. Cada uno tiene los suyos. Tienen hijos, lo que acorta mucho el rango de posibilidades. Más de lo que van a hacer, hablan de lo que hicieron hace años. Batallitas. Puede que al menos un par de estos tipos acabe siendo alcohólico, a este bar van a menudo, y eso que luego todos conducen. ¿Estoy lleno de prejuicios clasistas? Tiene pinta de que si, pienso al releer esto. Yo saldré con los de siempre. No espero nada extraordinario, pero tampoco me apetece quedarme en casa como un amargado. En el trabajo no hablo de mi titulación universitaria, y con estos colegas tampoco hablaré de mi trabajo sin cualificación alguna. No iremos de cotillón, se han puesto ya en los cien pavos. Pero esa noche hay una obligación no escrita de salir, aunque solo sea para no sentir que te quedas fuera de algo que, probablemente, tampoco sea para tanto.

Mi hermana anda nerviosa, probándose ropa, entrando y saliendo de su cuarto. Es más pija de lo que reconocería, y vive todo esto con más intensidad. No solo somos distintos, además es siete años más joven. ¿Por qué tardaron mis padres tanto en tenerla? ¿Fue decisió propia o una cuestión médica? ¿O fue un embarazo no deseado? Por supuesto, nunca lo he preguntado, ni lo haré. Puede que ella si lo haya hecho. Como mínimo, seguro que se lo ha preguntado a si misma.

Después de Reyes empiezo en la academia de oposiciones. Decirlo así suena más decidido de lo que me siento. No sé si es una apuesta real o simplemente una manera de no quedarme quieto. También es decir: si, papá. Puede que sea una salida, puede que no. De momento es una posibilidad, y eso ya es algo distinto a este presente un poco plano.

Mañana será el ruido, los brindis, las frases grandes. Comeremos las uvas en casa, y a la calle. Mis padres le repetirán a mi hermana que coja un taxi, porque es una mujer de diecinueve años vestida de un modo provocativo que va a beber alcohol y, por lo tanto, en nuestro universo conceptual, aunque esto no se explicite verbalmente, una niña potencialmente violable por depredadores sexuales. Lo cierto es que en Nochevieja es complicado coger un taxi. A mi no me dicen nada. Soy un hombre de uno ochenta cuatro con vaqueros hasta los tobillos. Hoy es solo un martes de víspera cuya única función es dejar paso a lo importante. Me voy a casa. El Ricardito me ha acercado un poco con el coche, y me he ido a casa andando. Aprovecho el paso por el parque para grabar esto en el movil, y mandaré el archivo en mp3. Narrador, es lo que hay. No me pidas más.

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