Padre 28/12/2025

He salido a por el pan y el periódico, como hago casi todos los domingos. Hay gestos que uno mantiene más por fidelidad a sí mismo que por utilidad. El pan podría haber sido el del día anterior. Las noticias, también. Al menos así camino. He engordado algo este año, unos cuatro kilos, y estas fiestas no lo van a mejorar. Toca asumir el declive de este cuerpo de más de medio siglo.

En el quiosco quedaban pocos ejemplares. El quiosquero me ha dicho que cada vez vende menos, que la gente ya no compra en papel. Algunos nostálgicos trasnochados, le ha faltado decir. He asentido. Además, los niños tampoco compran chuches, porque sus padres viven asustados por los nutricionistas que ven en el móvil. Algo así me ha dicho. Le quedan dos años para jubilarse, si no, cerraba. Gana lo justo para gastos y para pagarse la cuota de autónomo que le dará derecho a pensión. Lo he dejado allí con sus quejas, parece un buen hombre. A mi los domingos me gusta leer despacio, pasar páginas, mancharme un poco los dedos de tinta. He seguido caminando hasta una cafetería algo lejana que me gusta, que lleva en el barrio toda la vida. Un cortado cuesta ya uno setenta, casi trescientas pesetas de las de antes. Hay ofertas para los desayunos: cortado con tres churros, dos cincuenta, no está mal. Me gusta ese rato, con mi café y mi periódico. La cafetería tiene un par periódicos para los clientes, pero los domingos me gusta llevar el mío y olvidarme de ese par de viejos que miran de reojo, esperando que acabe para llevárselo.

Como es el último domingo del año, ahí estaban las inevitables listas: las noticias del año, los libros del año, los muertos del año… Lectura ligera. Después lo de siempre, política algo abochornante, economía y deportes. Lo de las listas es entretenido. Nadie arriesga demasiado en estas fechas. Todo el mundo parece escribir con la mano puesta en el freno, como si el uno de enero fuese una curva cerrada.

He estado un buen rato, hasta me he pedido un segundo café. De momento la tensión la tengo bien, otros de mi edad están ya con la pastillita. En casa el ambiente es tranquilo. Llega la música reverberada desde el cuarto de mi hija. He intentado escuchar lo que ellos escuchan, pero no he sido capaz, no es para mí. Mi mujer se ha ido de compras. He aprovechado para ordenar papeles antiguos, cosas que se van acumulando sin que nadie las mire. Facturas, manuales, garantías de aparatos que ya no existen. Tirar eso da una satisfacción extraña.

He pensado en la semana que entra, en el final del año, en lo poco que queda ya de las fiestas. No siento nostalgia ni ilusión especial. Prefiero no hacer planes, que es lo mismo que confesar que me conformo con seguir como estoy. Un año más. La tensión entre elegir hacer cosas o elegir evitar cosas, la estabilidad como conquista o como renuncia. Hay preguntas que no conducen a ningún sitio práctico, soy un funcionario 24/7/365, como se dice ahora.

He ojeado el suplemento cultural del periódico, y he doblado la esquina donde empezaban un par de artículos para leerlos más tarde con detenimiento. Esencia de domingo. Mi mujer me ha mandado un whatsapp diciendo que vendría tarde a comer, que si no estaba a las dos podíamos empezar sin ella. Ha llegado pasadas las dos y media porque se había encontrado a no se quien, pero la hemos esperado. Nos hemos comido el cochinillo que guardé en el congelador. Pierde mucho recalentado.

Por la tarde, siguiendo el plan, he leído esos dos artículos. He preguntado si alguien quería salir a pasear conmigo y, como nadie ha querido, me he ido solo. Hacía bastante frío.

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