He salido a comprar un par de cosas esta mañana. Nada urgente, pero la legislación permite que las tiendas abran los domingos de diciembre, y nos lanzamos a la calle. He aprovechado para caminar un poco sola, sin rumbo concreto, algo que no suelo hacer. Durante el puente de la Constitución la policía tiene que controlar el acceso a algunas calles masificadas. Aquí hay gente de todo el mundo, y todos haciéndose selfies en cualquier rincón. Hay algo ridículo en esta forma de ocupar la calle. Ni rastro del día de los Inocentes, una celebración venida a menos. La vida adulta tiene eso: incluso las bromas llegan amortiguadas. Siempre me ha resultado muy cruel la relación entre el ingenio de las bromas y el origen bíblico del asunto.
En una esquina me he cruzado con alguien del pasado. No ha sido un encuentro de película. Nos hemos mirado un segundo de más, ese instante en el que el cerebro busca una carpeta antigua. Era Javier. Trabajamos juntos hace años, antes de que yo cambiara de departamento, antes de muchas cosas. Él se fue. Lo recuerdo bien porque entonces nos pareció una locura.
Nos hemos reconocido con una sonrisa torpe y, casi sin decidirlo, hemos acabado tomando un café. No parecía tener prisa. Yo tampoco.
Está distinto. No rejuvenecido de forma obscena, no como esos hombres que intentan parecer otra cosa, sino más ligero. Me ha contado que dejó la empresa, que ahora colabora en proyectos pequeños, que trabaja menos horas, que gana menos dinero y que duerme mejor. No lo ha dicho como una reivindicación, sino como quien enumera datos objetivos. Yo le he hablado de mi trabajo, de los chicos, de la Navidad. ¿Qué iba a contarle si no?
Mientras hablaba, yo pensaba en lo imposible de su vida para mí. No en términos prácticos —todo es práctico hasta que no lo es—, sino en algo más profundo: no soy ese tipo de persona. No lo he sido nunca. No sabría cómo romper con una vida sin sentir que estoy cometiendo una falta grave. Y, aun así, algo se ha quedado flotando entre el café y la cucharilla. Me he dado cuenta de que no envidio exactamente lo que tiene, sino la facilidad con la que parece vivirlo.
Nos hemos despedido con afecto real. Me ha dicho que me ve bien. Muy bien, ha dicho. Le he creído. Yo también estoy bien. Puede que no volvamos a vernos nunca, he pensado. Huyó y ahora, como tantos otros, vuelve para pasar estas fechas con lo poco que le queda de la ciudad.
Al salir del bar he mirado el móvil. Un mensaje de Clara. Un meme absurdo, una inocentada mínima. Nada elaborado, en las antípodas de nuestro trabajo. Me he reído sola en la calle. Lo he pensado unos segundos y he contestado con un emoji de carcajada, ese que siempre me parece un poco exagerado, pero que hoy encajaba. Me ha sorprendido usarlo sin pensar demasiado. No ha habido respuesta después. No hacía falta.
Ese gesto, tan pequeño, me ha acompañado el resto del día. Alguien joven, que no forma parte de mis rutinas, se acuerda de mí sin motivo. No para pedirme nada. No para contarme un problema. Solo para compartir algo ligero. He seguido caminando un rato más, y he acabado comprándome unos guantes que he estrenado al salir de la tienda. He pensado también en lo fácil que es imaginar otras vidas cuando ya no tienes que tomarlas en serio.
He vuelto a casa con la cabeza despejada. No ha pasado nada importante hoy, solo cosas que cabrían en un diario, pero no en una biografía. Y, sin embargo, siento que algo se ha recolocado mínimamente. Como un mueble que no cambias de sitio, pero al que empujas unos centímetros para que no tropiece siempre el mismo pie.