El día después de la Navidad siempre me resulta más sincero que la propia Navidad. Ya no hay que representar nada. Los platos están en el lavavajillas, la nevera medio vacía, y el cuerpo acusa el cansancio acumulado. Me gusta este momento. Es cuando las cosas se parecen más a lo que son. Ha eso he dedicado el día, en casa, con una camiseta vieja y un pantalón de pijama.
La Nochebuena fue correcta. En casa de mi cuñada todo funcionó como siempre. Mi suegra estaba contenta, mi cuñado animó la mesa, hubo risas en los momentos esperables. No pasó nada fuera de lo previsto. Supongo que eso es lo que se espera de una buena cena familiar. Mi mujer estaba especialmente elegante. No diré nada más sobre eso. No hace falta.
La comida de Navidad, en cambio, fue otra cosa. En casa. Solo nosotros cuatro. Sin visitas, sin otra familia, sin necesidad de explicar nada a nadie. Cociné tranquilo. El cochinillo salió bien. Muy bien, de hecho, con la corteza crujiente que todos disfrutamos. Comimos tarde. Bebimos vino, un Emilio Moro de veinte euros la botella. Los hijos hablaron poco, pero estuvieron. Mi mujer y yo tampoco hablamos demasiado, pero había algo distinto en el ambiente. No diré mejor ni peor. Distinto. Propuse ir a ver Nuremberg a los multicines, pero ahí no tuve éxito.
No estaba mi familia. Nunca está. Y cada año me digo que no pasa nada, que es una decisión práctica, que así es más sencillo para todos. Pero la sencillez también deja restos. No es una herida abierta, es algo más molesto: una incomodidad que se ha ido integrando en el paisaje. Como una piedra en el zapato que ya no te quitas porque has aprendido a caminar así.
A veces pienso que debería haber pasado algo concreto, una discusión, una ruptura clara, algo que pudiera explicarse con una frase, y donde pudiese esgrimir argumentos para que alguien me diese, o no, la razón. Pero no. Es más difícil que eso. Es una suma de silencios, de decisiones aplazadas, de Navidades resueltas con un “este año mejor no”. Y al final los años pasan y la explicación ya no importa, solo el resultado.
No he hablado de esto con mis hijos. Tampoco con mi mujer. No porque sea un secreto, sino porque no sabría muy bien cómo formularlo sin convertirlo en otra cosa. A veces nombrar algo lo fija, y prefiero que siga siendo una sensación difusa, manejable.
Después de comer recogí yo solo. Me gusta hacerlo. Es una manera de cerrar el día. Pensé que, al final, mi refugio sigue siendo el mismo: la cocina, el orden, las tareas claras. Hay gente que se refugia en las personas. Yo no sé hacer eso. Nunca he sabido.
Las fiestas siguen, pero lo peor ya ha pasado. Ahora viene ese tiempo raro entre Navidad y fin de año en el que uno puede fingir que piensa, cuando en realidad solo descansa. Me parece suficiente. Mañana quizá salga a caminar. O quizá no haga nada. En una noticia de un periódico digital leí hace unos días que el filósofo Byung Chung Han, del que no había oído hablar nunca hasta que le dieron este año el premio Princesa de Asturias, dice que quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia. Así que eso es lo que he hecho hoy, resistir filosóficamente.