Madre 26/12/2024

Es viernes por la noche y la casa está tranquila. No hay que madrugar mañana. Ese detalle, tan pequeño, cambia el ritmo de todo. He cenado poco, he abierto una copa de vino y me he sentado a escribir sin prisa. No recuerdo la última vez que hice algo así sin sentir que estaba robando tiempo a otra cosa.

La Navidad ha salido bien. Lo escribo así, sin matices, y noto una pequeña satisfacción al hacerlo. No es una alegría desbordante, es algo más discreto y quizá más oscuro: la sensación de haber cumplido, de haber estado a la altura, de haber pertenecido al grupo correcto.

La cena con mi hermana fue un éxito. La comida, la conversación, mi madre. Todo encajó. No hubo tensiones, ni reproches, ni silencios incómodos. Cuñado brillante y marido correcto, como ya comenté. Correctísimo. Mi hermana tiene un tono de voz y una gestualidad con la que consigue caer bien a todo el mundo, además de mantener esa cara aniñada. Y yo… yo estuve bien. El bullicio de la mesa y las conversaciones cruzadas es algo a lo que no acabo de acostumbrarme.

Mi sobrina tocó el violín después de cenar. Lo hace desde niña, pero cada año parece hacerlo mejor. Interpretó una pieza complicada —creo que era un concierto de Tchaikovsky, pero no estoy segura, a pesar de la excelsa introdución que le hizo mi hermana— y todos guardamos silencio. No fue una exhibición, fue algo natural, como si ese talento formara parte del mobiliario de la casa. Mi madre la miraba con una mezcla de orgullo y tranquilidad, como si todo estuviera en su sitio. Aplaudimos al final. Mi sobrina se sonrojó un poco, a pesar de haber actuado en escenarios más prestigiosos que este, y mi cuñado hizo un chiste, previsible pero perfecto para ese momento de cierat incomodidad, sobre la tortura de las horas de ensayo en casa.

La comida de Navidad en casa fue más tranquila. Más íntima. No diré que mejor, porque no es una competición, pero sí distinta. Más silencios, menos energía. Me sentí cómoda, incluso agradecida. No tener que salir de casa, no tener que sostener conversaciones largas, no tener que mirarme constantemente desde fuera.

Y aun así, algo se ha movido. No sabría decir el qué. Tal vez sea el final del año. Tal vez el cansancio. Tal vez el cuerpo, que empieza a mandar señales nuevas. No dramáticas, pero insistentes. Una especie de aviso de que el tiempo no se detiene solo porque tú sigas funcionando.

He pensado en el año que viene. No en objetivos profesionales; eso ya lo hago todo el tiempo. He pensado en mí. En qué quiero, en qué no quiero seguir aceptando como normal. No hablo de rupturas ni de grandes decisiones. Hablo de algo más pequeño y más peligroso: la idea de que merezco algo distinto. No mejor, distinto. Y que pensar eso, a mi edad, con mi vida, con mi estabilidad, tiene algo de pecado.

Me doy cuenta de que esta sensación no es nueva, pero sí más clara. Antes la tapaba con actividad, con eficacia, con esa versión mía que sabe funcionar en casi cualquier contexto. Ahora no sé si quiero seguir siendo siempre esa mujer correcta. No tengo una alternativa, solo una incomodidad creciente.

No se lo he dicho a nadie. No hace falta. De momento basta con saberlo yo. El vino ayuda a que las ideas se queden un poco más tiempo antes de corregirse.

La Navidad ha ido bien. Sí. Pero no sé si quiero que todos los años vayan igual de bien.

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