Hija 26/12/2025

Después de la Navidad todo parece más evidente. Como si el decorado se retirase y quedase a la vista lo que siempre ha estado ahí. Nota al pie: no puedo evitar este tipo de frases, esto es un diario con una peculiaridad, no tiene llave, no es secreto, como ahora estás confimando, por lo que a veces lo pienso como literatura folletinesca.

Hoy si quiero hablar de mi familia. Somos una familia normal, con mayúsculas. Cuatro personas. Padre y madre con trabajos decentes. Dos hijos. Piso en propiedad. Coche en el garaje. Salud razonablemente buena. Blancos. Europeos. Unos WASP a la española. Sin tragedias graves, sin secretos escandalosos, sin carencias materiales importantes. Cuerpos razonablemente correctos e incluso cierta armonía en los rostros. Si alguien tuviera que poner un ejemplo de familia funcional, podría usar la nuestra sin problema. Resumen: podríamos protagonizar un anuncio de coches.

Y, sin embargo, aquí estamos. Escribiendo. Pensando. Dándole vueltas a cosas que, en teoría, no deberían doler. Me pregunto a veces si eso no es un privilegio: poder permitirse el malestar abstracto, la incomodidad sin causa clara. Tener tiempo y lenguaje para nombrar lo que no encaja. Si viviese dentro de un drama familiar jamás hubiese propuesto a mis padres y a mi hermano esto.

La Navidad ha confirmado esa normalidad. Las cenas, los horarios, las conversaciones repetidas. Todo ha funcionado. Nadie ha llorado, nadie ha gritado, nadie se ha ido dando un portazo. Un éxito absoluto según los estándares habituales. Si alguien nos hubiese observado desde fuera, habría pensado: una familia sin problemas. Y, más o menos, hubiese acertado.

Sin embargo, cada uno parece estar en una habitación distinta, incluso cuando estamos juntos. No es una crítica. Es una constatación. Hemos aprendido a respetar esas distancias, a no invadir. A veces pienso que ese respeto es también una forma elegante de soledad. Nos hemos construido así, hemos aceptado las reglas del juego porque, de algún modo, sabemos que encajan bien con las personas que somos.

Supongo que por eso este diario tiene sentido. Porque demuestra que no hace falta una familia rota para que haya grietas. Que la literatura —si esto lo es— no surge solo del desastre, sino también de la repetición, del desgaste lento, de lo que no termina de encajar aunque no esté mal. De una felicidad que tal vez se quede en la superficie, pero que también es válida, o que al menos permite posibilidades futuras.

Me tranquiliza pensar que esto no es una excepción. Que hay miles de familias como la nuestra, perfectamente funcionales, perfectamente cansadas, perfectamente narrables. Tal vez por eso escribir aquí no me parece una traición, sino una forma de atención.

No sé qué haré el año que viene. No tengo grandes propósitos, pero si la intención de seguir sembrando. Evitaré anestesiarm, y seguiré mirando alrededor, ampliando el campo de batalla. Aunque incomode y a veces pinche. Para escribir este tipo de cosas deben servir días como este, días cuya única etiqueta es la de figurar después de otro.

Etiquetas