Nochebuena.
He ayudado poco en casa. No porque no quiera, sino porque no hacía falta. Todo estaba ya decidido. He leído un rato (alcanzada la página 500 de La broma infinita), he mirado el móvil, he elegido qué ponerme. Algo sencillo. No me gustan las fotos de familia de estas fechas; siempre hay alguien que parece no estar del todo.
Cenamos con la familia de mi madre. Me caen bien. Son amables. Eso, como dice mi padre, a veces es peor que tener un conflicto. No hay nada que discutir, nada que resolver. Solo repetir. Lo mejor es estar con mi abuela, que al año que viene cumplirá setenta y seis años. Mi madre dice que soy su nieta favorita, aunque yo creo que es mi prima, la perfecta.
¿Por qué se pone mi madre así? Vestido, maquillaje. Está estupenda, la verdad, pero, ¿es necesario para ir a casa de su hermana, igual que todos los años? No digo que haya que ir en chándal, pero… no es como ir a la cena del trabajo, donde entiendo que seas una guerrera camino de la batalla. Así la he dejado antes de salir de casa. Ni siquiera le he dado un beso por no estropearle el maquillaje. Yo iré con mi chaqueta de cuero, falsamente rockera. Hace muchísimo frío, pero también a mí me toca sufrir por mi imagen.
Durante la cena escucharé historias que ya conozco. Reiré donde toca. Brindaré. Pensaré en otra cosa mientras tanto. Es una habilidad que se entrena con los años. Cuando éramos pequeños cantaba villancicos con mis primos. A mi hermano, algo más mayor, le daba vergüenza.
Son las siete y media. Me voy. Habrá un ambientazo increíble en la calle, llena de gente que ha decidido pasárselo bien, y que, como la Cenicienta, tendrán que abandonar la fiesta antes de las nueve para ir a cenar con la familia. Que bajón. Nosotros cenamos todos los años a las nueve y cuarto, nunca antes, porque a mi abuela le gusta ver el mensaje de Navidad del Rey. ¡Qué vieja es!