Madre 24/12/2025

1

He escrito esto antes de salir. No porque tenga algo urgente que decir, sino porque sé que después no tendré fuerzas. La Nochebuena tiene ese efecto: te deja exhausta incluso antes de empezar.

Me he arreglado con cuidado. No en exceso, pero tampoco al azar. Hay una diferencia sutil entre arreglarse para una cena familiar y arreglarse para una cena familiar en la que sabes que te van a mirar. He elegido un vestido sobrio, negro, cómodo. No quería parecer ni joven ni descuidada. Solo correcta. He pensado, mientras me maquillaba, que llevo años perfeccionando esa versión de mí: la mujer correcta. Funciona en casi todos los contextos.

Durante el día he ido y venido por la casa, colocando cosas que ya estaban colocadas. He ayudado poco en la cocina; hoy no me correspondía. Mi marido se mueve mejor entre fogones que entre conversaciones largas. Le da seguridad tener algo que hacer con las manos. Yo, en cambio, me quedo flotando, esperando el momento de entrar en escena.

Mi hermana ha llamado dos veces para confirmar detalles que ya estaban confirmados. Siempre será mi hermana pequeña, aunque acaba de cumplir cuarenta y cinco. A qué hora llegamos, no antes de las siete, ellos irán a esa hora con el coche a recoger a mamá. He respondido con paciencia. Sobre las ocho, ni demasiado tarde ni demasiado pronto. Lo suficiente para echar una mano con los preparativos, pero no tanto como para quemar la noche antes de sentarse a la mesa. La logística es su manera de controlar el nerviosismo. La mía es cada vez más escribir aquí.

No espero nada especial de esta noche. Eso es lo que me digo. Pero la expectativa no siempre se formula como deseo. A veces es solo una atención excesiva a los detalles: a los gestos, a los silencios, a la forma en que alguien te mira cuando no está obligado a hacerlo.

Salimos en veinte minutos. Me pondré el abrigo. Sonreiré. Todo irá bien. Siempre va bien.

2

Ya en casa. He bebido dos copas de vino. No demasiadas, pero suficientes como para no corregir demasiado lo que escribo.

La cena ha ido bien. De verdad. Sin tensiones, sin escenas, sin incomodidades visibles. Mi hermana estaba guapa, como siempre. Mi madre ha estado cariñosa, no se ha ofuscado como otras veces. Todo ha funcionado como se esperaba. Incluso mi marido ha estado especialmente correcto, atento, educado. Nadie podría reprocharle nada.

El marido de mi hermana nos ha hecho reír a todos. Tiene esa facilidad. Toca el brazo cuando habla, mira a los ojos, recuerda anécdotas ajenas. No es extraordinario. Es simplemente cómodo. Mi madre se ilumina cuando él entra en una habitación. No de un modo sospechoso, sino vital. Como si la energía circulase mejor.

No he sentido celos. He sentido otra cosa más difícil de nombrar. Una comparación involuntaria. Injusta, seguramente. Pero inevitable.

Mi marido ha estado bien. Lo repito para convencerme. Ha hablado cuando tocaba, ha servido el vino, ha recogido platos, y el micuit estaba muy bueno. Ha cumplido. Yo también he cumplido. Hemos cumplido juntos durante años. Eso cuenta. Tiene que contar.

En el coche, de vuelta, apenas hemos hablado. No ha sido un silencio incómodo, sino cansado, un desplome en el asiento al cambiar de escenario. Mi hija ha comentado que mamá estaba muy mayor y algo torpe. Al subir a casa he pensado que el vino no despierta deseos nuevos, solo afloja los nudos de los antiguos.

No quiero que esto se convierta en otra cosa. No quiero historias. No quiero dramas. Pero el diario —este diario— no me deja esconderme del todo. Esta noche he entendido algo sencillo y triste: no echo de menos a otra persona. Echo de menos una versión mía que antes reaccionaba.

Mañana será Navidad. Comeremos en casa. Todo estará bien otra vez. Al llegar cada uno se ha ido a su cuarto, a la cama; escribo en el móvil desde el cuarto de baño.

Etiquetas