Lunes. Segundo lunes. El cuerpo ya no protesta al despertarse, pero sigue pidiendo descanso al atardecer.
En el almacén se nota que se acercan las fiestas. Más pedidos, más prisa, menos paciencia. He trabajado bien. Eso es lo que más me inquieta: que empiezo a hacerlo bien. Que el cuerpo aprende, que la cabeza se apaga lo justo. La eficiencia es peligrosa.
En el descanso han hablado de la lotería. Uno decía que si le tocaba no volvía. Otro decía que sí, pero con un coche mejor. Yo no he dicho nada, no sabría en qué convertir el premio. El dinero no arregla lo que no sabes nombrar. A ultima hora un tipo del que ni siquiera se el nombre ha traído un chorizo de León y nos lo hemos comido. El tipo iba cortando rodajas y las íbamos cogiendo, sin privilegios, cuando llegaba tu turno tenías tu rodaja. Dice que todos los años vienen sus suegros con una caja de embutidos. Lo que me ha hecho gracia es que ha cogido un palé con la carretilla y lo ha subido a una altura perfecta para montar una mesa. Me ha parecido un símbolo de clase obrera esa mesa. Creo que el término clase obrera ya no se utiliza. El chorizo estaba delicioso. Otro tipo, Antonio, ha sacado una botella de vino de una nevera que tenemos en la sala junto al vestuario que hace de comedor.
He vuelto a casa cansado, pero no destruido. En el autobús iba menos gente que de costumbre; no hay colegio, ni universidad, y mucha gente aprovecha para coger vacaciones. He hablado poco en casa. Mis padres preguntan con cuidado, como si cada pregunta pudiera romper algo. A veces me gustaría que no tuviesen tanto tacto.
Después de comer me he encerrado en la habitación. Pantalla. Navegación automática. El porno funciona como funciona todo lo demás últimamente: rápido, eficaz, sin consecuencias aparentes. Ni drama ni culpa. Es una solución técnica a un problema físico y emocional, igual que son los concursos de la tele para los viejos. He salido un rato para ir a preguntar a una academia de oposiciones que me ha recomendado mi padre; los horarios me vienen bien. Un par de horas dos días a la semana son ciento treinta euros. Te lo dicen sin avergonzarse, sabedores de tener la sartén por el mango. Son los propios funcionarios los que montan esas academias. Hay algo asqueroso, algo de privilegio medieval, en estos negocios.
Navidad está ahí. Dos días. No tener expectativas es en si mismo una expectativa.